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miércoles, 20 de mayo de 2026



Creo que durante mucho tiempo pensé que socializar era una especie de idioma secreto que todos parecían entender menos yo.


Mientras otras personas navegaban las conversaciones con una naturalidad que envidiaba, yo sentía que cada interacción venía con un manual invisible que nunca recibí. A veces las palabras se atoraban en la garganta, otras mi mente iba a mil revoluciones —o se quedaba en un blanco absoluto—, y muchas veces simplemente me iba a la cama sintiendo que venía “mal configurada” para habitar ciertos espacios.



Crecer siendo autista puede sentirse exactamente así: como observar el mundo desde una ventana muy nítida, pero de un cristal tan grueso que todo lo que ves parece existir detrás de una barrera imposible de cruzar. El ruido de afuera abruma, las reglas sociales cambian sin aviso y tú te quedas ahí, intentando descifrar el entorno.


Y entonces, aparecieron los juegos.



No hablo de los juegos como un simple entretenimiento superficial para pasar el rato, sino como un refugio. Como un lenguaje propio. Como un mapa seguro para explorar aquello que en el mundo real parecía demasiado complejo, caótico o ruidoso.

En mi vida, sentarme a la mesa a jugar Dungeons & Dragons se convirtió en algo inesperadamente terapéutico.


Puede sonar extraño pensar que llenar una hoja de personaje a lápiz, rodearte de dados y fingir ser alguien más pueda ayudarte a entenderte mejor. Pero a veces necesitamos la ficción y la fantasía para acercarnos a nuestras verdades más profundas.



Cuando diseño un personaje, cuando elijo sus dotes y trazo su trasfondo, a menudo imagino una versión de mí que camina por el mundo sin algunas de las limitaciones que cargo en el día a día.


Mi personaje no necesita gafas para ver la belleza del paisaje. No tiene que preocuparse por las enfermedades crónicas, por los dolores ni por ese cansancio físico que a veces impone sus propias reglas y me frena. Ella puede entrar en una taberna ruidosa llena de desconocidos y hablar con la seguridad de una líder. Puede sostenerle la mirada a un rey elfo o a un tabernero sin tener que calcular los segundos en su cabeza. Puede improvisar. Puede tensar su arco, lanzar un conjuro de paladín y si la tirada falla, el error se resuelve con el rodar de un dado, sin convertirse en una espiral interminable de culpa y sobreanálisis mental.


Y aunque ella está hecha de estadísticas y tinta, y claramente no soy yo... algo de mí habita en sus decisiones.


Porque al interpretarla, ensayo posibilidades. Practico respuestas ante la injusticia, exploro emociones complejas y me permito habitar formas de existir que en la vida real todavía estoy aprendiendo a digerir.


A veces, detrás de una tirada de salvación o de un éxito crítico, encontramos pequeños actos de valentía que nos pertenecen a nosotros, no a la hoja de papel:


Hablar firmemente cuando normalmente elegiríamos callar y desaparecer.

Improvisar un plan sobre la marcha cuando somos de las que necesitamos planear cada milímetro de la existencia.

Confiar a ciegas en los otros jugadores para que cubran tu espalda.

Aceptar, finalmente, que no todo resultado en la vida depende de nuestro control.

Y eso, aunque ocurra en un universo de dragones, bosques ancestrales y magia, rompe la barrera del cristal y transforma algo dentro de ti en el mundo real.



Creo que por eso el rol es una forma hermosa de terapia. No porque reemplace el acompañamiento profesional ni porque pretenda "curar" algo que no está roto, sino porque crea un espacio seguro. Un diario en blanco donde explorar quiénes somos sin el peso inmediato del juicio cotidiano. Nos da permiso para probar, para fallar, para morir y revivir, para reinventarnos.



Y quizá, sesión tras sesión, campaña tras campaña, descubres que muchas de las cualidades, la fuerza y la resiliencia que tanto admiras en tu personaje ya existían dentro de ti, esperando el momento adecuado para salir a la luz.


Tal vez por eso sigo guardando mis dados y diseñando nuevas historias. Porque en cada aventura, mi personaje me recuerda algo que el mundo exterior a veces me hace olvidar: que no hay nada malo en experimentar la realidad de una forma distinta.


A veces no es que estemos mal configuradas; a veces solo necesitamos encontrar la mesa correcta, las personas correctas y la campaña adecuada para recordar que nosotras también pertenecemos a este mundo.


1 comentario:

  1. Me alegro de que hayas encontrado tu refugio, muchas veces encontrarlo representa la valentía que necesitamos para sobrellevar el dia a día y tambien los valores que queremos construir en nuestro presente, que hayas encontrado ese lugar es maravilloso. Por otro lado, creo que puedo entender esto que dices de la sensación de no saber las reglas del juego y tratar de encajar sabiendo que a lo mejor el mundo entero parecíera hablar un idioma distinto , estar distante. Se lo abrumador y solitario que puede llegar a sentirse algunas veces, no estas sola... un abrazo y que viva el rol! ❤️

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