24 oct 2026

Reto #22: Cosas que aprendí en Internet

 

Creo que pertenezco a una generación muy específica de usuarios de internet: la generación del “no sé hacerlo, pero dame cinco minutos que miro un tutorial”. Y lo peor es que muchas veces funciona.

Internet llegó a mi vida cuando todavía tenía esa maravillosa combinación adolescente de curiosidad, tiempo libre y absoluta falta de conciencia sobre lo fácil que era dañar algo metiéndole mano sin saber exactamente qué estabas haciendo. Así que Melissa, con unos 14 o 15 años, decidió que tener un blog no era suficiente. Obviamente también tenía que modificarlo, porque aparentemente dejar las cosas funcionando como estaban nunca fue una opción.

Fue así como terminé aprendiendo HTML y metiéndome un poquito con Java para poder cambiar las plantillas de Blogger, agregar cosas, mover otras, poner botones, imágenes, menús y hacer quién sabe cuántos experimentos que probablemente hoy serían considerados crímenes contra el diseño web. No aprendí programación de una manera formal, sino de esa forma tan propia del internet de aquellos años: encontraba algo que quería hacer, buscaba cómo hacerlo, copiaba código, lo modificaba, dañaba algo, intentaba descubrir qué había dañado y eventualmente conseguía que funcionara. Era básicamente ensayo y error con consecuencias digitales.

Por esa misma época también aprendí a utilizar Photoshop. Y aquí debo confesar algo que seguramente permitirá calcular mi edad mediante carbono 14: todavía uso Photoshop CS5. Sí, CS5. Déjenlo tranquilo, todavía funciona y yo todavía sé dónde están las cosas. Tenemos una relación estable desde hace años y a estas alturas obligarme a cambiar sería como separar a un matrimonio de ancianos porque alguien decidió que los muebles de su casa ya no están de moda.

Lo curioso es que gracias a esos tutoriales aprendí muchísimo más que simplemente recortar imágenes o ponerles letras bonitas. Empecé a entender cómo funcionaban las capas, las transparencias, las luces, las sombras y, especialmente, el color. Aprendí sobre escalas de colores, combinaciones y cómo utilizar diferentes tonos para construir sombras e iluminación. Muchas de esas cosas después terminaron mezclándose con mi gusto por dibujar, editar imágenes, diseñar cosas para el blog y todos esos pequeños proyectos creativos en los que inevitablemente termino metida. Porque una empieza queriendo cambiarle el color a una imagen y termina tres horas después intentando descubrir cómo conseguir exactamente ese tono de sombra que tiene en la cabeza.


Pero internet tampoco fue solamente mi profesor de cosas bonitas. Cuando estudié enfermería y después durante mi vida laboral, se convirtió en una extensión bastante importante de mi formación. He hecho una cantidad indecente de cursos virtuales del SENA relacionados con enfermería y otros temas, y creo que esa es una de las cosas que más valoro de internet: si realmente quieres seguir aprendiendo, existe una cantidad absurda de conocimiento disponible. A veces empiezas buscando la respuesta a una pregunta pequeña y tres horas después estás leyendo sobre algo que ni siquiera sabías que existía. No era lo que estabas buscando, probablemente tampoco lo necesitabas, pero ahora lo sabes y quién te quita lo aprendido.

Aunque, por supuesto, no todo ese conocimiento terminó teniendo aplicaciones particularmente serias. También aprendí habilidades bastante más cuestionables en términos de utilidad cotidiana, pero absolutamente indispensables cuando una empieza a meterse en cosplay. Porque comprar una espada es fácil, pero mirarla en una foto y pensar “eso lo puedo hacer yo con cartón y foamy” es otra enfermedad completamente diferente.

Así aprendí a fabricar escudos, hachas, armas y toda clase de cosas que hoy llamaríamos props para cosplay, aunque en aquella época para mí eran básicamente construcciones hechas con cartón, foamy, pegamento, pintura, sangre, sudor, lágrimas y una confianza completamente injustificada en mis propias capacidades. La filosofía siempre era la misma: primero decidir que quería algo, después descubrir que comprarlo era demasiado caro y finalmente escribir en el buscador alguna variante de “cómo hacer esto en casa”. Y funcionaba sorprendentemente seguido, aunque en el proceso mi habitación terminara pareciendo el taller de un herrero medieval que había sufrido un accidente industrial.

Internet también me convirtió en técnico de sistemas sin título oficial, como probablemente ocurrió con buena parte de mi generación. Aprendí a descargar, instalar, configurar y hacer funcionar una cantidad absurda de videojuegos. Y cuando digo “instalar” no me refiero siempre al maravilloso sistema moderno de darle clic a un botón y esperar. No, no. Hubo una época oscura, una época de archivos divididos en quince partes, instaladores sospechosos, parches, traducciones hechas por fans, cracks, carpetas que había que copiar exactamente en determinado lugar y tutoriales escritos por un desconocido en un foro que terminaban con alguna variante de “si no funciona, desactiva el antivirus”.

Sobrevivimos. Nuestros computadores, no siempre.

Y creo que precisamente eso es lo que más me dejó internet: no una habilidad concreta, sino la sensación de que puedo aprender a hacer algo si encuentro la información necesaria y tengo suficiente paciencia para intentarlo. Porque, si me pongo a pensarlo, buena parte de las cosas que sé hacer hoy comenzaron con una pregunta, una búsqueda y la absoluta confianza de que algún desconocido en algún rincón de internet ya había tenido el mismo problema y, con un poquito de suerte, había explicado cómo resolverlo.

No sé programar profesionalmente, pero aprendí suficiente HTML para modificar mis propios espacios. No soy diseñadora gráfica, pero llevo años utilizando Photoshop y muchas de las cosas que aprendí jugando con él todavía me sirven. No soy fabricante de utilería, pero si necesito un hacha de fantasía probablemente voy a mirar una caja de cartón durante demasiado tiempo y empezar a calcular posibilidades.

Incluso profesionalmente sigo haciendo lo mismo. Si aparece una herramienta que no conozco, una función de Excel que necesito, un procedimiento que debo entender o alguna cosa extraña que jamás he hecho antes, mi primer pensamiento rara vez es “no sé hacerlo”. Es más bien un “espere, yo busco”, seguido de abrir unas cuantas pestañas, revisar tutoriales y empezar a experimentar hasta encontrar la manera.

Quizás esa sea una de las mejores cosas que me enseñó haber crecido con internet. No necesariamente saber hacerlo todo, sino perderle el miedo a no saber. Entender que no conocer algo no significa que sea imposible aprenderlo y que, aunque a veces termine complicándome la existencia por pura curiosidad, pocas cosas me resultan tan satisfactorias como descubrir que algo que parecía dificilísimo en realidad podía hacerse con un poquito de paciencia, varios intentos y uno que otro tutorial.

Porque no sé hacerlo. Todavía.

Deme cinco minutos, miro un tutorial.



19 oct 2026

Reto #21: Hablando el mismo idioma... o no?

 


Creo que quienes llevamos demasiados años en internet desarrollamos una especie de español latinoamericano mutante. En mi caso tengo amigos de Chile, Venezuela, México y Argentina, así que seguramente debería tener una colección bastante respetable de anécdotas sobre palabras que no entendía o expresiones que significaban cosas completamente distintas. El problema es que, cuando empecé a hablar con personas de otros países, ya llegaba parcialmente entrenada.

Culpo principalmente a la música, porque la doña será muchas cosas, pero melómana sí es. Desde muy joven escuchaba rock en español, punk y, en general, cualquier cosa que me gustara sin importarme demasiado de dónde venía. Eso hizo que creciera escuchando argentinos, mexicanos, chilenos y músicos de otros lugares usando palabras que no eran precisamente colombianas. Muchas expresiones que podrían haberme dejado preguntándome de qué demonios estaban hablando ya me resultaban familiares porque seguramente las había escuchado veinte veces en alguna canción.

Después llegó internet y terminó de destruir cualquier posibilidad de conservar un español geográficamente puro. Entre foros, blogs, chats y amistades internacionales uno empieza a adoptar palabras ajenas sin darse cuenta. Las escuchas tantas veces que dejan de parecerte extranjeras y un día descubres que llevas años utilizándolas con absoluta naturalidad.

En mi caso creo que México ganó esa batalla con un glorioso “no mamen”.

No tengo idea de quién fue el primer mexicano responsable de introducirlo en mi vocabulario, pero se instaló, pagó arriendo y aparentemente piensa quedarse a vivir ahí para siempre. Además, es una expresión maravillosamente versátil: sirve cuando alguien te cuenta algo increíble, cuando presencias una estupidez monumental y, especialmente, cuando alguien hace exactamente aquello que le advertiste durante tres semanas que no hiciera y luego viene a contarte sorprendido las consecuencias. Hay momentos de la vida para los cuales un simple “no puede ser” carece de la fuerza espiritual necesaria. Un “no mamen”, en cambio, cumple perfectamente su función.

Pero creo que lo más curioso de haber crecido en aquel internet de foros, MSN, blogs y amistades a kilómetros de distancia es que muchos de los que ya somos veteranos de estas tierras digitales terminamos conservando pequeños restos lingüísticos de personas que conocimos hace años. Una palabra mexicana por aquí, alguna expresión argentina por allá, algo venezolano que escuchaste tantas veces que dejó de sonarte extranjero y, por supuesto, los amigos chilenos, a quienes quiero muchísimo pero que de vez en cuando me hacen pensar que Chile debería venir incluido como idioma adicional en el menú de configuración.

También ocurría al contrario. Había expresiones colombianas completamente normales para mí que obligaban a algún amigo extranjero a preguntar qué carajos acababa de decir. Ahí es cuando uno descubre que cosas que ha escuchado toda la vida no pertenecen realmente al español universal, sino a ese pequeño paquete de palabras que te entregaron al nacer en determinado pedazo del continente.

Lo que me parece todavía más curioso es que ahora veo algo parecido en las generaciones más jóvenes, aunque por un camino completamente distinto. Nosotros terminábamos hablando raro después de pasar años conversando directamente con gente de otros países. Intercambiábamos palabras, insultos, expresiones y modismos casi por accidente, como una especie de intercambio cultural no solicitado. Ahora escucho a algunos niños hablando y hay momentos en los que genuinamente no sé de qué país se supone que son.

Creo que buena parte viene de los muñequitos, videos y demás contenido que consumen desde muy pequeños, hecho para distribuirse por toda Latinoamérica y muchas veces utilizando ese español “neutro” que de neutro tiene lo que yo de enana. De repente escuchas a un niño colombiano utilizar palabras y construcciones que jamás habrías escuchado espontáneamente en un niño colombiano hace veinte años, y mi cerebro de señora de internet entra en cortocircuito.

Claro que soy consciente de la ironía. Yo, que adopté un “no mamen” mexicano, que seguramente tengo pedacitos del vocabulario de amigos de medio continente pegados al mío y que crecí escuchando música de todas partes, ahora miro a las nuevas generaciones y pienso que esos pelaos hablan rarísimo. Probablemente cada generación encuentra su propia manera de deformar, mezclar y reconstruir el idioma con las cosas que consume y con la gente con la que se relaciona.



La nuestra lo hizo pasando cantidades poco saludables de tiempo en MSN, escribiendo blogs, metiéndonos en foros y escuchando rock y punk latinoamericano. Ellos tienen YouTube, TikTok y sus muñequitos para bebés extrañamente hiperestimulantes. Nosotros teníamos un contacto que se conectaba y desconectaba veinte veces seguidas para obligarnos a todos a ver que había cambiado su estado de MSN.

Así que probablemente no tenemos demasiada autoridad moral para juzgarlos.

Pero igual voy a hacerlo un poquito. Para algo me convertí en señora de internet.






1 sept 2026

Hay monstruos que no necesitan colmillos


Llevo media vida jugando Dungeons & Dragons y una de las primeras cosas que uno aprende es que no todos los monstruos tienen colmillos, garras o diez ojos como un contemplador. Algunos parecen completamente normales. Caminan por la calle, estudian, entrenan artes marciales, tienen redes sociales y hasta gente que sale a defenderlos diciendo cosas como "es que en el fondo es buena persona" o "es que está pasando por un mal momento".

Curiosamente, los monstruos que más huella me dejaron fueron precisamente esos.

No suelo escribir este tipo de cosas porque siempre termino pensando que hay experiencias mucho peores que la mía. Y las hay. No pretendo compararlas. Pero también creo que a veces minimizamos tanto el acoso cotidiano que terminamos llamándolo insistencia, romanticismo o preocupación. Y no. Hay cosas que simplemente dan miedo. Dan asco. Y, sobre todo, desgastan.

El primero apareció cuando yo entrenaba kung fu. Sin preguntarme absolutamente nada decidió quequeria que yo fuera  su novia. El pequeño problema era que yo jamás quise nada con él. Nunca le di un beso. Nunca acepté salir con él. Nunca fui su novia. Nunca hubo un "casi". Nunca le di esperanzas de ningún tipo. Mi respuesta siempre fue exactamente la misma: no.

Lo curioso es que algunas personas parecen escuchar esa palabra como si fuera el inicio de una negociación o, peor todavía, como un reto personal que deben superar.

Empezó insistiendo para que saliera con él, para que le diera un beso, para que "le diera una oportunidad". Y cuando entendía que por ahí no iba a conseguir absolutamente nada, sacaba la siguiente carta del mazo: decir que se iba a matar por mi culpa.

El problema para él era que esa carta tampoco funcionaba conmigo.

Yo era adolescente, sí, pero no era tan ingenua como para no darme cuenta de lo que estaba intentando hacer. Entendía perfectamente que amenazar con matarse para conseguir que alguien saliera contigo era una forma de manipulación, aunque en ese momento probablemente no utilizara el término "manipulación emocional". Así que terminé diciéndoselo de la manera menos diplomática posible: si quería matarse, que lo hiciera. A mí no me importaba y, además, ambos sabíamos que no iba a hacerlo.

Puede sonar cruel escrito tantos años después, pero tampoco voy a reescribir a mi yo adolescente para hacerla más amable de lo que fue. Yo estaba harta. Él pretendía convertir una amenaza de suicidio en una moneda de cambio para conseguir una relación que yo ya había rechazado una y otra vez, y mi respuesta fue dejarle claro que conmigo ese chantaje no iba a funcionar.

Después empezó a seguirme.

A veces cuando salía de entrenar, otras cuando caminaba al colegio, que quedaba apenas a dos cuadras de mi casa. Nunca sabía cuándo estaba detrás de mí ni cuándo simplemente aparecería. Esa incertidumbre es horrible porque terminas mirando hacia atrás por costumbre, aunque no haya nadie.

Luego comenzaron los mensajes.

Hasta hoy no tengo idea de cómo conseguía mis números de celular. Yo cambiaba de número y, tarde o temprano, volvía a aparecer.

Nunca olvidaré uno de ellos.

"Hoy se veía muy linda con la falda del uniforme."

Estoy segura de que alguien leerá esa frase y pensará: "qué tierno". A mí todavía me produce escalofríos. Porque esa frase significaba que alguien me había estado observando sin que yo lo supiera. Sabía cómo iba vestida, dónde estaba y probablemente cuánto tiempo llevaba ahí. Eso no es romántico. Eso es aterrador.

Cuando empecé mi relación con quien hoy es mi esposo pensé que, por fin, aquella campaña secundaria había terminado. Pues no. El sujeto incluso llegó al absurdo de retarlo a un combate, como si yo fuera un objeto mágico que pudiera obtener derrotando al jefe de la mazmorra. Mi esposo aceptó, le ganó y yo, ingenuamente, pensé que con eso acabaría todo.

Error.

Durante casi tres años, cada vez que coincidíamos por casualidad en algún restaurante o cualquier sitio público, montaba un espectáculo digno de un bardo al que expulsaron de la taberna por dramático. Apenas nos veía se levantaba diciendo cosas como "ya se me dañó la noche" o "ya se me amargó la comida", procurando siempre que todo el mundo lo escuchara. Luego pagaba y se iba, como si acabara de protagonizar el sacrificio más grande de la historia. Al principio me daba muchísima vergüenza, porque inevitablemente todas las miradas terminaban sobre nosotros. Después empecé a sentir miedo, porque nunca sabes hasta dónde puede llegar alguien que vive una película completa dentro de su cabeza. Y, con el paso del tiempo, todo aquello dejó de producirme cualquier otra emoción distinta al cansancio. Hay un momento en el que simplemente te hartas de ser un personaje involuntario en el drama que otra persona escribe todos los días.

Pensé que con él ya había cubierto mi cuota de gente incapaz de aceptar un "no". Resulta que la vida todavía tenía otro jefe preparado.

Este segundo caso me molesta incluso más porque siempre había alguien dispuesto a justificarlo. Él también era autista. Yo también lo soy. Y precisamente por eso me enfurece cuando alguien utiliza el autismo como explicación para comportamientos que no tienen absolutamente nada que ver con el diagnóstico. Ser autista no te convierte en manipulador. No te convierte en acosador. No te convierte en alguien incapaz de hacerse responsable de sus decisiones. Solo significa que eres una persona autista. Lo demás depende de quién decidas ser.

Este sujeto tenía un talento extraordinario para encontrar culpables externos de cualquier cosa que saliera mal en su vida. Cuando fracasó en el examen para una beca internacional decidió que el problema era yo y mi grupo de amigos porque, según él, lo habíamos "infectado con nuestra mediocridad". Todavía me hace gracia esa frase. Nos llamaba mediocres mientras la mayoría de nosotros trabajábamos para pagar nuestras propias cosas. En mi caso terminé un técnico, un tecnólogo, seguí haciendo diplomados, cursos y capacitaciones porque aprender siempre me ha hecho feliz. Todo eso mientras trabajaba y mientras intentaba entender un diagnóstico de autismo que llegó bastante tarde a mi vida. Curiosamente, nunca necesité buscar un culpable cada vez que algo no salía como esperaba.

Hubo una época en la que dejé de hablarle y, siendo completamente sincera, creo que fue una de las decisiones más inteligentes que tomé. El problema fue que durante la pandemia me ganó la empatía. Pensé que estaba pasando por un momento muy difícil y decidí volver a escribirle. Si alguna vez encuentran un manual titulado "Melissa toma decisiones cuestionables por culpa de su empatía", ese capítulo debería empezar exactamente aquí.

No pasó mucho tiempo antes de descubrir que ahora también era responsable del fracaso de su relación sentimental. Él había decidido irse a vivir con una mujer, la relación terminó porque ella volvió con su expareja y, por algún extraño mecanismo que todavía escapa a las leyes de la física, la culpable también era yo. Según él, si hubiera estado presente, si lo hubiera acompañado más, si hubiera estado ahí para apoyarlo, aquello nunca habría ocurrido. Llevo años intentando entender esa lógica y sigo llegando exactamente a la misma conclusión: error 404, sentido común no encontrado.

Lo realmente surrealista vino después. Un día me llamó su mamá para reclamarme porque su hijo se sentía mal y yo no quería hacerlo sentir mejor. Sí, un hombre de más de veinte años necesitó que su madre llamara a otra persona para exigirle que se hiciera cargo de su estado emocional. Como si yo hubiera firmado un contrato secreto comprometiéndome a mantenerlo emocionalmente estable de por vida. Cuando eso tampoco funcionó, mandó a un par de amigos hasta mi propia casa para decirme que yo era la persona más horrible que habían conocido, que él sufría muchísimo y que cómo era posible que no estuviera ahí diciéndole que todo iba a salir bien.

Y por si todavía no había invadido suficientes espacios de mi vida, encontró mi antiguo blog.

Mi blog.

Ese pequeño rincón de internet donde escribía porque me gustaba hacerlo. Donde hablaba de mis dibujos, mis juegos, mis ocurrencias, mis días buenos y mis días malos. Un lugar que siempre sentí como mío.

Pues también decidió meterse ahí.

Empezó a dejar comentarios prácticamente en cada entrada para que lo desbloqueara, para que le hablara, para que por favor le respondiera. Abría el correo y había otro comentario suyo. Publicaba una entrada nueva y, tarde o temprano, volvía a aparecer. Era como esas misiones secundarias mal diseñadas que uno completa tres veces y el NPC insiste en reaparecer porque el desarrollador olvidó marcar la casilla de "eliminar personaje".

Qué asco.

Porque eso es lo que muchas personas no entienden del acoso. No es un mensaje. No son dos. No es una discusión aislada. Es la sensación constante de que alguien intenta colarse en todos los espacios que deberían ser tuyos. Cambias de número y consigue el nuevo. Dejas de hablarle y manda a otros. Ignoras los mensajes y busca a tu familia. Tienes un blog donde escribir tranquila y también aparece ahí. Llega un momento en que dejas de preguntarte qué quiere esa persona y empiezas a preguntarte cuándo demonios te va a dejar vivir en paz.

Con los años entendí algo que me habría ahorrado muchísimo desgaste: hay personas que no buscan ayuda, buscan un responsable. Si consiguen una beca, fue gracias a ellas. Si la pierden, alguien las saboteó. Si una relación termina, alguien tuvo la culpa. Si se sienten mal, alguien debería arreglarlas. Y si eres una persona empática, te cuesta poner límites y además tienes esa costumbre de intentar entender a todo el mundo, corres un riesgo enorme: terminar cargando mochilas que jamás fueron tuyas.

Durante mucho tiempo confundí la compasión con la obligación. Creía que tenía que escuchar, responder, explicar, acompañar y, de alguna manera, salvar a personas que nunca quisieron hacerse cargo de sí mismas. Hasta que un día entendí algo que, para alguien que lleva media vida jugando D&D, debí aprender muchos niveles antes: no puedes lanzar Curar heridas críticas sobre alguien que insiste en volver a meterse dentro de la lava y que, además, pretende convencerte de que fue culpa tuya que existiera el volcán.

Hoy ya no siento miedo cuando recuerdo a ninguno de los dos. solo algo de  rabia....Lo que siento es un hartazgo enorme. Ese cansancio que dejan las personas que convierten tu existencia en la explicación de todos sus problemas para no tener que enfrentarse a los propios.

Y si alguien que está leyendo esto necesita leer una sola frase de toda esta entrada, ojalá sea esta: un "no" no necesita argumentos. No necesita negociaciones, no necesita convertirse en amistad por lástima y, desde luego, no te obliga a cargar con las amenazas, los fracasos o las decisiones de otra persona.

Porque el amor no persigue.

La amistad no manipula.

Y la empatía jamás debería convertirse en una cadena.