22 jul 2026

No es solo mi personaje favorito… es el que más se parece a mí

 Hace unos días me encontré pensando en una pregunta curiosa. No cuál es mi personaje favorito, porque esa respuesta cambia según el día, el anime que estoy viendo o el libro que tengo entre manos. Tampoco cuál considero mejor escrito o más poderoso. La pregunta era mucho más simple y, al mismo tiempo, más difícil: ¿qué personaje de ficción se parece más a mí?

La primera respuesta que me vino a la cabeza fue que ninguno. Después de todo, yo no soy una maga, ni una aventurera, ni una exorcista de maldiciones. Trabajo organizando documentos, soy auxiliar de enfermería, practico Hapkido, escribo en un blog perdido en algún rincón de internet y me paso más tiempo preocupándome por si mis amigos están bien que por mí misma. Pero cuanto más lo pensaba, más me daba cuenta de que los personajes que nos marcan suelen hacerlo porque reflejan partes de nosotros mismos. A veces son nuestras virtudes. A veces nuestros defectos. A veces son heridas que reconocemos aunque nunca las hayamos puesto en palabras.


Sylphiette siempre me ha parecido uno de los personajes más infravalorados de Mushoku Tensei. Mucha gente la recuerda por ser amable o dulce, pero pocas veces se habla de la enorme fortaleza que hay detrás de esa apariencia tranquila. Lo que más me hace sentir identificada con ella es esa tendencia a cuidar a los demás incluso cuando uno mismo está cansado. Durante años trabajé en enfermería y, de alguna manera, esa forma de pensar sigue conmigo. Cuando alguien me cuenta un problema, mi reacción automática suele ser intentar ayudar, buscar una solución o al menos escuchar. A veces incluso olvido que yo también necesito descansar. Sylphiette me recuerda que existen personas que no necesitan ser las más ruidosas de la habitación para ser importantes. Hay quienes sostienen a los demás en silencio, y creo que siempre me he sentido más cómoda en ese papel.

Luego está Frieren. Si tuviera que elegir un personaje que reflejara mi experiencia como persona autista, probablemente sería ella. No porque comparta su inmortalidad élfica —aunque reconozco que la parte de ser una elfa me resulta tentadora— sino porque muchas veces siento que observo el mundo desde un ángulo ligeramente distinto al de los demás. Hay conversaciones, normas sociales o reacciones que parecen obvias para otras personas y que yo necesito analizar conscientemente para entender. También me pasa algo muy parecido a lo que le ocurre a Frieren con los recuerdos. Muchas veces no comprendo la importancia de un momento mientras está ocurriendo. Es después, semanas, meses o incluso años más tarde, cuando descubro que aquello era especial. Una conversación cualquiera. Una tarde jugando D&D. Una clase de Hapkido. Un viaje con amigos. Entonces me encuentro recordándolo con cariño y preguntándome por qué no fui capaz de verlo en ese instante.

Maomao representa otra parte muy importante de mí: la curiosidad. Mi cerebro parece incapaz de dejar las cosas a medias. Si encuentro un tema interesante, quiero saber cómo funciona, de dónde viene, por qué ocurre y qué pasaría si cambiamos una variable. Me sucede con la medicina, con la archivística, con la historia, con los animales, con las artes marciales y hasta con los mundos ficticios. Más de una vez he empezado buscando una respuesta sencilla y he terminado leyendo artículos, manuales o documentos durante horas. También comparto con Maomao cierta dificultad para entender por qué algunas personas consideran extraño interesarse tanto por algo. Para mí investigar es divertido. Es casi un juego. Además, reconozco en ella algo que me hace mucha gracia: esa mezcla entre inteligencia y torpeza social que genera situaciones incómodas sin siquiera intentarlo.

Maki Zenin ocupa un lugar diferente. No me identifico con ella por su historia concreta, sino por la forma en que enfrenta las dificultades. Hay una frase que escucho con cierta frecuencia cuando hablo de mis problemas de salud, del trabajo, de los estudios o de mis actividades: “¿Y cómo haces para aguantar tanto?”. La verdad es que nunca he tenido una respuesta espectacular. No hay un secreto oculto. Simplemente sigo avanzando. He tenido temporadas de migrañas, agotamiento, estrés, problemas de salud, situaciones familiares complicadas y momentos en los que sentía que no tenía energía para nada. Pero al final siempre termino levantándome para ir a trabajar, asistir a entrenar, organizar alguna actividad o continuar con los proyectos que me importan. No porque sea especialmente valiente, sino porque rendirme nunca me ha parecido una opción atractiva. Creo que eso es lo que admiro de Maki. No espera condiciones ideales. No espera que el mundo sea justo. Hace lo que puede con lo que tiene y sigue adelante.

Sōjirō Seta ocupa un lugar un poco diferente en esta lista porque la razón por la que me identifico con él no es agradable ni divertida.

Cuando pienso en Sōjirō no pienso en su velocidad, ni en su espada, ni siquiera en las escenas más famosas de Rurouni Kenshin. Lo primero que me viene a la mente es esa sonrisa constante. Esa sonrisa que parece decir que todo está bien incluso cuando claramente no lo está.

Durante muchos años entendí demasiado bien esa sonrisa.

Crecí en un entorno donde aprendí que mostrar dolor no siempre cambiaba las cosas. Hubo críticas, comparaciones, palabras que se repetían una y otra vez hasta que uno termina creyéndolas. También hubo momentos de maltrato físico por parte de mi abuela, algo que durante mucho tiempo normalicé porque era lo que conocía. Cuando eres niño no tienes forma de medir si algo es justo o injusto. Simplemente asumes que así funcionan las cosas y aprendes a adaptarte.

Con el tiempo terminé convencida de que si me esforzaba más, si era más útil, más inteligente, más obediente o menos problemática, finalmente sería suficiente. Que tal vez el problema era yo. Que tal vez tenía que ganarme el cariño, la aprobación o incluso el derecho a equivocarme.

Hoy sé que no funciona así, pero los niños no suelen saberlo.

Lo que hacen es sobrevivir.

Y cada persona aprende una estrategia distinta.

Algunos se rebelan.

Otros se aíslan.

Yo aprendí a seguir adelante.

Aprendí a hacer lo que se esperaba de mí, a intentar no causar problemas, a concentrarme en mis responsabilidades y a aparentar que todo estaba bajo control. No porque fuera especialmente fuerte, sino porque parecía más sencillo que explicar lo que sentía.

Por eso Sōjirō siempre me ha producido una mezcla extraña de tristeza y ternura. Porque detrás de su sonrisa veo a alguien que pasó demasiado tiempo creyendo que sus emociones no importaban. A alguien que aprendió a desconectarse de lo que sentía para poder soportar lo que estaba viviendo.

No estoy diciendo que nuestras historias sean iguales. No lo son. Pero sí reconozco esa sensación de seguir funcionando cuando por dentro algo no termina de estar bien.

La Melissa que la mayoría de las personas conoce es la que organiza actividades, ayuda a sus amigos, investiga temas extraños por simple curiosidad, practica Hapkido, escribe sobre elfos, juega Dungeons & Dragons y siempre parece tener algún proyecto nuevo entre manos. Y esa Melissa existe. Es real.

Pero también existe otra Melissa. Una que pasó años intentando descubrir que su valor como persona no dependía de ser útil todo el tiempo. Que descansar no era pereza. Que equivocarse no era fracasar. Que pedir ayuda no era una debilidad. Que no tenía que ganarse el derecho a existir complaciendo a todo el mundo.

Quizá por eso le tengo tanto cariño a Sōjirō. Porque cuando lo veo ya no pienso en el espadachín prodigio. Pienso en un niño que necesitaba que alguien le dijera que no todo lo que le ocurrió fue culpa suya.

Y, siendo sincera, creo que una parte de mí también necesitaba escuchar eso.

Con los años he aprendido que ser fuerte no significa aguantarlo todo en silencio. A veces la verdadera fortaleza consiste en reconocer que algo nos hirió, permitirnos sentirlo y aun así seguir construyendo una vida mejor.

Y creo que esa es una lección que tanto Sōjirō como yo tardamos mucho tiempo en aprender.

Y finalmente está Marcille. Probablemente sea el personaje que más me sorprendió al descubrir cuánto me identificaba con ella. Marcille es inteligente, estudiosa, emocional, algo ansiosa y tremendamente protectora con las personas que quiere. Puede pasar de una explicación perfectamente razonable a un ataque de pánico en cuestión de minutos. Y, siendo sincera, esa descripción me resulta sospechosamente familiar. Quienes me conocen saben que puedo organizar proyectos, resolver problemas, coordinar actividades y ayudar a otras personas a mantener la calma. Sin embargo, cuando el problema me afecta directamente, mi cerebro a veces decide correr en círculos como un hámster hiperactivo. También comparto con Marcille esa necesidad de construir pequeños refugios. Para ella es su grupo de aventureros. Para mí pueden ser mis amigos, mi mesa de D&D, las clases de Hapkido, mis libros, mi blog o incluso una tarde tranquila viendo anime mientras llueve afuera.

Lo curioso es que ninguno de estos personajes se parece completamente a mí. Sylphiette es más paciente. Frieren es más sabia. Maomao es más brillante. Maki es más fuerte. Marcille es más caótica. Pero cada uno refleja una parte de mi personalidad, una forma de ver el mundo o una experiencia que reconozco como propia.

Quizá por eso nos gustan tanto las historias. Porque a veces un personaje consigue explicar algo de nosotros que no sabíamos cómo expresar. Nos presta palabras, gestos o emociones para comprendernos un poco mejor.

Y ahora tengo curiosidad por saber si soy la única que hace esto.

Si tuvieran que elegir un personaje de ficción que realmente se parezca a ustedes, no necesariamente su favorito ni el más poderoso, sino aquel que les hace pensar “yo habría reaccionado exactamente igual”, ¿quién sería y por qué?

Los leo en los comentarios.

6 jul 2026

Cuando el refugio se queda sin leña

Hay una idea que siempre me ha acompañado y que, de alguna manera, ha terminado convirtiéndose en una parte importante de la forma en que entiendo el mundo. Me gusta pensar que las personas podemos ser refugios. No grandes héroes ni salvadores, simplemente un lugar donde alguien pueda detenerse un momento cuando la lluvia arrecia demasiado fuerte. Un sitio donde descansar, tomar aire, sentirse escuchado sin miedo a ser juzgado y reunir las fuerzas suficientes para continuar el camino.

Quizá por eso, durante gran parte de mi vida, intenté convertirme en uno de esos refugios.

No porque sintiera que era mi obligación, sino porque me nace hacerlo. Escuchar siempre ha sido una forma de querer. Si un amigo necesitaba desahogarse, ahí estaba. Si alguien atravesaba una mala racha, intentaba encontrar las palabras adecuadas. Si podía aliviar aunque fuera un poco el peso que otra persona llevaba sobre los hombros, sentía que había valido la pena detenerme un rato más antes de seguir mi propio camino.

Nunca vi aquello como un sacrificio. Al contrario. Siempre pensé que la empatía era uno de los regalos más bonitos que podíamos ofrecerle a alguien.

Sin embargo, con el paso de los años empecé a descubrir algo que nadie me había enseñado.

Los refugios también necesitan mantenimiento.

La leña se acaba.

El techo se deteriora.

Las paredes empiezan a agrietarse.

Y si nadie las cuida, llega un momento en el que dejan de proteger incluso a quienes viven dentro de ellas.

Creo que durante mucho tiempo olvidé que yo también era una persona que necesitaba un refugio.

Muchos de quienes leen este blog saben que soy autista. No suelo hablar de ello buscando compasión, porque no considero que mi vida sea una tragedia por ese motivo. Mi forma de experimentar el mundo simplemente funciona de una manera distinta. Hay cosas que otras personas hacen sin pensar y que para mí implican un esfuerzo silencioso que rara vez se ve desde fuera. Interpretar conversaciones, analizar gestos, preguntarme si entendí bien una broma, regular el ruido, la cantidad de personas, las emociones ajenas o intentar encajar en un entorno que muchas veces parece diseñado para alguien diferente consume una cantidad enorme de energía.

A eso se suma convivir desde hace muchos años con depresión y ansiedad. No son visitantes ocasionales que aparecen una tarde y desaparecen al día siguiente; forman parte de un camino que he aprendido a recorrer. Hay temporadas luminosas en las que todo parece un poco más sencillo y otras en las que levantarse de la cama ya representa una pequeña victoria. He aprendido a convivir con ambas sin dejar que definan quién soy, pero también he tenido que aceptar que mi energía no es infinita.

Durante mucho tiempo actué como si lo fuera.

Mientras intentaba sostenerme a mí misma, seguía intentando sostener a quienes quería. Escuchaba durante horas, buscaba soluciones para problemas que no me correspondían, me preocupaba más de la cuenta y terminaba llevándome a casa dolores que ni siquiera me pertenecían. Lo hacía porque quería ayudar. Porque me importaban esas personas. Porque, cuando uno sabe lo que es sentirse solo, hace todo lo posible para que nadie más tenga que pasar por esa sensación.

El problema es que el corazón tiene muy buenas intenciones, pero el cuerpo y la mente también tienen límites.

Y yo tardé demasiado tiempo en reconocer los míos.

Hubo un momento en el que empecé a notar que las conversaciones que antes me llenaban ahora me dejaban completamente agotada. Que después de intentar animar a alguien durante horas necesitaba varios días para recuperar la energía. Que los problemas de otras personas seguían dando vueltas en mi cabeza incluso cuando ya estaba acostada intentando dormir. Me descubrí preocupándome más por quienes no podían salir adelante que por mí misma, mientras yo también estaba luchando por mantenerme a flote.

Entonces apareció una pregunta que me incomodó profundamente.

¿Quién estaba cuidando de mi propio bosque?

Siempre me ha gustado imaginar mi mente como un pequeño bosque. Hay días en los que el sol atraviesa las ramas y todo parece tranquilo. Los pájaros cantan, el río corre limpio y hasta las hojas parecen bailar con el viento. Pero también existen inviernos largos. Temporadas en las que la niebla no deja ver el camino, los árboles pierden sus hojas y encontrar un poco de calor requiere mucho más esfuerzo del habitual.

Durante años abrí ese bosque para que cualquiera pudiera descansar bajo sus árboles. Un día descubrí que ya no cantaban los pájaros, que el río apenas llevaba agua y que los árboles empezaban a secarse. No era porque hubiera dejado de amar el bosque; era porque llevaba demasiado tiempo olvidándome de cuidarlo.

Creo que una de las lecciones más difíciles que he aprendido como adulta ha sido comprender que querer ayudar a alguien no siempre significa que podamos hacerlo. Hay personas que atraviesan momentos terribles y que, cuando encuentran una mano tendida, hacen todo lo posible por levantarse. Tal vez tropiecen una y otra vez, pero siguen caminando. Acompañarlas es un privilegio, incluso cuando el camino resulta duro.

Pero también existen otras situaciones.

Personas que llevan años instaladas en el mismo dolor, rechazando cualquier posibilidad de cambio, cualquier consejo, cualquier ayuda profesional o cualquier oportunidad distinta, mientras esperan que quienes las rodean permanezcan eternamente escuchando la misma historia una y otra vez. Y decir esto no nace de la falta de empatía. Al contrario. Lo digo precisamente porque conozco lo difícil que puede ser convivir con la depresión, la ansiedad o cualquier otro problema de salud mental. Sé perfectamente que sanar no consiste en decidir un lunes por la mañana que todo irá bien.

Sin embargo, también he aprendido que nadie puede hacer ese trabajo por nosotros.

Las personas pueden acompañarnos.

Pueden escucharnos.

Pueden abrazarnos.

Pueden caminar a nuestro lado.

Pero no pueden recorrer nuestro camino mientras nosotros permanecemos inmóviles.

Comprender eso me dolió más de lo que imaginaba, porque durante mucho tiempo confundí la empatía con la responsabilidad. Sentía que, si alguien seguía sufriendo, era porque yo no había encontrado todavía las palabras adecuadas. Que quizá necesitaba escuchar un poco más, insistir un poco más, sacrificar un poco más de mi propia tranquilidad.

Qué equivocada estaba.

Comprendí que la empatía no consiste en ahogarse junto a quien se está hundiendo. A veces la única forma de seguir tendiendo la mano es permanecer en tierra firme.

Poner límites ha sido una de las habilidades más difíciles que he intentado aprender. No porque me resulte complicado decir la palabra "no", sino porque durante mucho tiempo sentí que cada límite era una forma de abandonar a alguien. Me costó entender que retirarme de una situación que estaba destruyendo mi salud mental no significaba dejar de querer a esa persona. Significaba, simplemente, dejar de abandonarme a mí misma.

Y eso también ha sido un acto de amor.

No uno dirigido hacia los demás, sino hacia esa versión de mí que tantas veces quedó en último lugar.

La misma que volvía agotada a casa después de un día intentando parecer funcional en un mundo lleno de estímulos. La que seguía respondiendo mensajes cuando ya no tenía energía ni para pensar. La que se sentía culpable por necesitar silencio. La que confundía descansar con ser egoísta.

Hoy sigo intentando ser un refugio.

No quiero convertirme en alguien indiferente. No quiero endurecerme hasta el punto de mirar hacia otro lado cuando alguien necesita apoyo. Ese nunca ha sido mi deseo y espero que nunca llegue a serlo.

Pero ahora intento recordar algo que antes olvidaba constantemente: un refugio vacío deja de ser un refugio.

Si regalo toda mi leña durante el invierno, cuando llegue mi propia noche no tendré con qué encender el fuego.

Y yo también tengo noches frías.

También tengo días en los que la ansiedad habla demasiado alto, en los que la depresión intenta convencerme de que descanse un poco más o en los que mi cabeza simplemente necesita silencio porque el mundo entero resulta demasiado ruidoso.

En esos días ya no quiero sentirme culpable por cerrar la puerta del bosque durante un rato.

Necesito creer que los límites no levantan muros; construyen cercas para proteger aquello que aún sigue creciendo.

Quizá hacerse adulto consista un poco en eso. En descubrir que no podemos salvar a todo el mundo, pero sí podemos decidir no abandonarnos en el intento. En aceptar que el amor también sabe decir "hasta aquí". En comprender que cuidar de uno mismo no resta amor hacia los demás, sino que permite seguir ofreciéndolo durante muchos años más.

Si has llegado hasta aquí y últimamente sientes que cargas demasiadas tormentas sobre los hombros, o que llevas tanto tiempo intentando mantener en pie los bosques ajenos que has olvidado recorrer el tuyo, me gustaría recordarte algo que yo misma necesito escuchar de vez en cuando.

Tú también mereces un refugio.

Mereces descansar sin sentir culpa.

Mereces guardar un poco de leña para cuando llegue tu propio invierno.

Y mereces rodearte de personas que, de vez en cuando, también se preocupen por preguntarte cómo está tu bosque.

Porque el mundo necesita personas amables, personas dispuestas a escuchar y corazones que aún crean en la bondad. Pero, sobre todo, necesita que esas personas puedan seguir existiendo.

Hoy mi bosque sigue siendo un refugio. Los viajeros aún encuentran un lugar donde descansar, los espíritus continúan acercándose y el fuego sigue encendido. La única diferencia es que ahora también he aprendido a sentarme junto a ellos. Porque descubrí que la guardiana nunca estuvo separada del bosque; siempre fue parte de él. Y cuidar de una también era cuidar del otro.

Quizá esa sea la verdadera tarea de una guardiana: no impedir que el bosque cambie, ni cargar con el dolor de cada criatura que lo habita, sino procurar de que siempre exista un lugar donde la vida pueda volver a florecer. Incluso si, algunas veces, la primera semilla que necesita cuidar es la de su propio corazón.


24 jun 2026

¿Qué clase de personaje eres en la vida real?


Hace unos días, mientras organizaba unas cosas en el trabajo, me encontré pensando en algo bastante curioso.

Los juegos de rol nos hicieron creer durante años que uno se sienta frente a una hoja de personaje, reparte unos cuantos puntos y decide qué quiere ser.

Arquero.

Mago.

Pícaro.

Sanador.

Todo parece bastante sencillo.

Pero la vida es una directora de juego bastante caótica y rara vez nos deja escoger.

De niña estaba convencida de que sería una exploradora. Una elfa del bosque de esas que recorren caminos antiguos, hablan con los árboles y encuentran ruinas olvidadas. Y siendo sincera, una parte de mí todavía quiere eso.

Sin embargo, la primera clase que la vida decidió darme no fue arquera.

Fue healer.

Estudié enfermería y terminé trabajando en una unidad neonatal. Aprendí a cuidar, a escuchar y a mantener la calma cuando las cosas se ponían difíciles. Aprendí que algunas heridas se ven y otras no, y que a veces una palabra puede aliviar tanto como un medicamento.

Creo que una parte de mí siempre se quedó allí.

Años después apareció el archivo. Una clase completamente distinta, o al menos eso pensaba al principio. Empecé a subir niveles entre documentos, carpetas y cajas. Aprendí a encontrar cosas que parecían perdidas, a ordenar el caos y a desarrollar esa extraña habilidad de saber dónde está algo incluso cuando nadie más tiene idea.

Y fue mucho tiempo después cuando entendí que quizá ambas clases no estaban tan lejos una de la otra.

Primero aprendí a cuidar personas.

Después aprendí a cuidar historias.

Porque los documentos también guardan vidas. Guardan recuerdos, decisiones, nombres, momentos importantes y pequeños fragmentos de quienes somos. Y supongo que, de alguna manera, sigo haciendo lo mismo que hacía antes: intentar que aquello importante no se pierda.

Luego llegaron los juegos de rol, el hapkido, los blogs, las conversaciones largas, los amigos que necesitan consejo, los compañeros que preguntan dónde está algo y las personas que simplemente necesitan que alguien las escuche un rato.

Y un día me di cuenta de que mi hoja de personaje parece haber sido creada por alguien que mezcló demasiados manuales. Sigo siendo healer, pero también soy archivista. Hay bastante de elfa urbana, un poco de druida de apartamento, algo de soporte emocional involuntario y una cantidad preocupante de conocimientos aparentemente inútiles que, por alguna razón, siempre terminan siendo útiles.

Y sospecho que a muchos nos pasa algo parecido. Conozco bardos que mantienen unido al grupo haciendo reír a todos, tanques emocionales que cargan con los problemas de medio mundo, magos capaces de hablar durante horas de su tema favorito aunque luego no recuerden dónde dejaron las llaves, y druidas urbanos que tienen demasiadas plantas y sueñan secretamente con abandonar la civilización para vivir en una cabaña en medio del bosque.

Quizá crecer no consiste en elegir una clase. Quizá consiste en descubrir todas las que hemos ido subiendo de nivel sin darnos cuenta.

Si hoy abriera mi hoja de personaje, probablemente diría algo así:

Clase principal: Healer.
Clase secundaria: Archivista.
Subclases: Elfa perdida, druida urbana y soporte emocional involuntario.
Habilidad especial: encontrar exactamente lo que alguien necesita, ya sea un documento, una palabra de ánimo o una curita.
Debilidad crítica: el calor, el exceso de ruido y la frase "eso se hace en cinco minutos".

Y ahora tengo curiosidad. Si mañana te entregaran tu hoja de personaje de la vida real, ¿qué aparecería en ella? ¿Cuál es esa habilidad que has ido subiendo sin darte cuenta? ¿Qué clase terminaste siendo? Y, sobre todo, ¿cuál es esa debilidad absurda que todos tus amigos conocen?

Porque sospecho que muchos somos multiclase. Y quizá una de las cosas más bonitas de crecer sea descubrir que somos mucho más que la primera clase que imaginamos cuando éramos niños.