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1 sept 2026

Hay monstruos que no necesitan colmillos


Llevo media vida jugando Dungeons & Dragons y una de las primeras cosas que uno aprende es que no todos los monstruos tienen colmillos, garras o diez ojos como un contemplador. Algunos parecen completamente normales. Caminan por la calle, estudian, entrenan artes marciales, tienen redes sociales y hasta gente que sale a defenderlos diciendo cosas como "es que en el fondo es buena persona" o "es que está pasando por un mal momento".

Curiosamente, los monstruos que más huella me dejaron fueron precisamente esos.

No suelo escribir este tipo de cosas porque siempre termino pensando que hay experiencias mucho peores que la mía. Y las hay. No pretendo compararlas. Pero también creo que a veces minimizamos tanto el acoso cotidiano que terminamos llamándolo insistencia, romanticismo o preocupación. Y no. Hay cosas que simplemente dan miedo. Dan asco. Y, sobre todo, desgastan.

El primero apareció cuando yo entrenaba kung fu. Sin preguntarme absolutamente nada decidió quequeria que yo fuera  su novia. El pequeño problema era que yo jamás quise nada con él. Nunca le di un beso. Nunca acepté salir con él. Nunca fui su novia. Nunca hubo un "casi". Nunca le di esperanzas de ningún tipo. Mi respuesta siempre fue exactamente la misma: no.

Lo curioso es que algunas personas parecen escuchar esa palabra como si fuera el inicio de una negociación o, peor todavía, como un reto personal que deben superar.

Empezó insistiendo para que saliera con él, para que le diera un beso, para que "le diera una oportunidad". Y cuando entendía que por ahí no iba a conseguir absolutamente nada, sacaba la siguiente carta del mazo: decir que se iba a matar por mi culpa.

El problema para él era que esa carta tampoco funcionaba conmigo.

Yo era adolescente, sí, pero no era tan ingenua como para no darme cuenta de lo que estaba intentando hacer. Entendía perfectamente que amenazar con matarse para conseguir que alguien saliera contigo era una forma de manipulación, aunque en ese momento probablemente no utilizara el término "manipulación emocional". Así que terminé diciéndoselo de la manera menos diplomática posible: si quería matarse, que lo hiciera. A mí no me importaba y, además, ambos sabíamos que no iba a hacerlo.

Puede sonar cruel escrito tantos años después, pero tampoco voy a reescribir a mi yo adolescente para hacerla más amable de lo que fue. Yo estaba harta. Él pretendía convertir una amenaza de suicidio en una moneda de cambio para conseguir una relación que yo ya había rechazado una y otra vez, y mi respuesta fue dejarle claro que conmigo ese chantaje no iba a funcionar.

Después empezó a seguirme.

A veces cuando salía de entrenar, otras cuando caminaba al colegio, que quedaba apenas a dos cuadras de mi casa. Nunca sabía cuándo estaba detrás de mí ni cuándo simplemente aparecería. Esa incertidumbre es horrible porque terminas mirando hacia atrás por costumbre, aunque no haya nadie.

Luego comenzaron los mensajes.

Hasta hoy no tengo idea de cómo conseguía mis números de celular. Yo cambiaba de número y, tarde o temprano, volvía a aparecer.

Nunca olvidaré uno de ellos.

"Hoy se veía muy linda con la falda del uniforme."

Estoy segura de que alguien leerá esa frase y pensará: "qué tierno". A mí todavía me produce escalofríos. Porque esa frase significaba que alguien me había estado observando sin que yo lo supiera. Sabía cómo iba vestida, dónde estaba y probablemente cuánto tiempo llevaba ahí. Eso no es romántico. Eso es aterrador.

Cuando empecé mi relación con quien hoy es mi esposo pensé que, por fin, aquella campaña secundaria había terminado. Pues no. El sujeto incluso llegó al absurdo de retarlo a un combate, como si yo fuera un objeto mágico que pudiera obtener derrotando al jefe de la mazmorra. Mi esposo aceptó, le ganó y yo, ingenuamente, pensé que con eso acabaría todo.

Error.

Durante casi tres años, cada vez que coincidíamos por casualidad en algún restaurante o cualquier sitio público, montaba un espectáculo digno de un bardo al que expulsaron de la taberna por dramático. Apenas nos veía se levantaba diciendo cosas como "ya se me dañó la noche" o "ya se me amargó la comida", procurando siempre que todo el mundo lo escuchara. Luego pagaba y se iba, como si acabara de protagonizar el sacrificio más grande de la historia. Al principio me daba muchísima vergüenza, porque inevitablemente todas las miradas terminaban sobre nosotros. Después empecé a sentir miedo, porque nunca sabes hasta dónde puede llegar alguien que vive una película completa dentro de su cabeza. Y, con el paso del tiempo, todo aquello dejó de producirme cualquier otra emoción distinta al cansancio. Hay un momento en el que simplemente te hartas de ser un personaje involuntario en el drama que otra persona escribe todos los días.

Pensé que con él ya había cubierto mi cuota de gente incapaz de aceptar un "no". Resulta que la vida todavía tenía otro jefe preparado.

Este segundo caso me molesta incluso más porque siempre había alguien dispuesto a justificarlo. Él también era autista. Yo también lo soy. Y precisamente por eso me enfurece cuando alguien utiliza el autismo como explicación para comportamientos que no tienen absolutamente nada que ver con el diagnóstico. Ser autista no te convierte en manipulador. No te convierte en acosador. No te convierte en alguien incapaz de hacerse responsable de sus decisiones. Solo significa que eres una persona autista. Lo demás depende de quién decidas ser.

Este sujeto tenía un talento extraordinario para encontrar culpables externos de cualquier cosa que saliera mal en su vida. Cuando fracasó en el examen para una beca internacional decidió que el problema era yo y mi grupo de amigos porque, según él, lo habíamos "infectado con nuestra mediocridad". Todavía me hace gracia esa frase. Nos llamaba mediocres mientras la mayoría de nosotros trabajábamos para pagar nuestras propias cosas. En mi caso terminé un técnico, un tecnólogo, seguí haciendo diplomados, cursos y capacitaciones porque aprender siempre me ha hecho feliz. Todo eso mientras trabajaba y mientras intentaba entender un diagnóstico de autismo que llegó bastante tarde a mi vida. Curiosamente, nunca necesité buscar un culpable cada vez que algo no salía como esperaba.

Hubo una época en la que dejé de hablarle y, siendo completamente sincera, creo que fue una de las decisiones más inteligentes que tomé. El problema fue que durante la pandemia me ganó la empatía. Pensé que estaba pasando por un momento muy difícil y decidí volver a escribirle. Si alguna vez encuentran un manual titulado "Melissa toma decisiones cuestionables por culpa de su empatía", ese capítulo debería empezar exactamente aquí.

No pasó mucho tiempo antes de descubrir que ahora también era responsable del fracaso de su relación sentimental. Él había decidido irse a vivir con una mujer, la relación terminó porque ella volvió con su expareja y, por algún extraño mecanismo que todavía escapa a las leyes de la física, la culpable también era yo. Según él, si hubiera estado presente, si lo hubiera acompañado más, si hubiera estado ahí para apoyarlo, aquello nunca habría ocurrido. Llevo años intentando entender esa lógica y sigo llegando exactamente a la misma conclusión: error 404, sentido común no encontrado.

Lo realmente surrealista vino después. Un día me llamó su mamá para reclamarme porque su hijo se sentía mal y yo no quería hacerlo sentir mejor. Sí, un hombre de más de veinte años necesitó que su madre llamara a otra persona para exigirle que se hiciera cargo de su estado emocional. Como si yo hubiera firmado un contrato secreto comprometiéndome a mantenerlo emocionalmente estable de por vida. Cuando eso tampoco funcionó, mandó a un par de amigos hasta mi propia casa para decirme que yo era la persona más horrible que habían conocido, que él sufría muchísimo y que cómo era posible que no estuviera ahí diciéndole que todo iba a salir bien.

Y por si todavía no había invadido suficientes espacios de mi vida, encontró mi antiguo blog.

Mi blog.

Ese pequeño rincón de internet donde escribía porque me gustaba hacerlo. Donde hablaba de mis dibujos, mis juegos, mis ocurrencias, mis días buenos y mis días malos. Un lugar que siempre sentí como mío.

Pues también decidió meterse ahí.

Empezó a dejar comentarios prácticamente en cada entrada para que lo desbloqueara, para que le hablara, para que por favor le respondiera. Abría el correo y había otro comentario suyo. Publicaba una entrada nueva y, tarde o temprano, volvía a aparecer. Era como esas misiones secundarias mal diseñadas que uno completa tres veces y el NPC insiste en reaparecer porque el desarrollador olvidó marcar la casilla de "eliminar personaje".

Qué asco.

Porque eso es lo que muchas personas no entienden del acoso. No es un mensaje. No son dos. No es una discusión aislada. Es la sensación constante de que alguien intenta colarse en todos los espacios que deberían ser tuyos. Cambias de número y consigue el nuevo. Dejas de hablarle y manda a otros. Ignoras los mensajes y busca a tu familia. Tienes un blog donde escribir tranquila y también aparece ahí. Llega un momento en que dejas de preguntarte qué quiere esa persona y empiezas a preguntarte cuándo demonios te va a dejar vivir en paz.

Con los años entendí algo que me habría ahorrado muchísimo desgaste: hay personas que no buscan ayuda, buscan un responsable. Si consiguen una beca, fue gracias a ellas. Si la pierden, alguien las saboteó. Si una relación termina, alguien tuvo la culpa. Si se sienten mal, alguien debería arreglarlas. Y si eres una persona empática, te cuesta poner límites y además tienes esa costumbre de intentar entender a todo el mundo, corres un riesgo enorme: terminar cargando mochilas que jamás fueron tuyas.

Durante mucho tiempo confundí la compasión con la obligación. Creía que tenía que escuchar, responder, explicar, acompañar y, de alguna manera, salvar a personas que nunca quisieron hacerse cargo de sí mismas. Hasta que un día entendí algo que, para alguien que lleva media vida jugando D&D, debí aprender muchos niveles antes: no puedes lanzar Curar heridas críticas sobre alguien que insiste en volver a meterse dentro de la lava y que, además, pretende convencerte de que fue culpa tuya que existiera el volcán.

Hoy ya no siento miedo cuando recuerdo a ninguno de los dos. solo algo de  rabia....Lo que siento es un hartazgo enorme. Ese cansancio que dejan las personas que convierten tu existencia en la explicación de todos sus problemas para no tener que enfrentarse a los propios.

Y si alguien que está leyendo esto necesita leer una sola frase de toda esta entrada, ojalá sea esta: un "no" no necesita argumentos. No necesita negociaciones, no necesita convertirse en amistad por lástima y, desde luego, no te obliga a cargar con las amenazas, los fracasos o las decisiones de otra persona.

Porque el amor no persigue.

La amistad no manipula.

Y la empatía jamás debería convertirse en una cadena.



6 jul 2026

Cuando el refugio se queda sin leña

Hay una idea que siempre me ha acompañado y que, de alguna manera, ha terminado convirtiéndose en una parte importante de la forma en que entiendo el mundo. Me gusta pensar que las personas podemos ser refugios. No grandes héroes ni salvadores, simplemente un lugar donde alguien pueda detenerse un momento cuando la lluvia arrecia demasiado fuerte. Un sitio donde descansar, tomar aire, sentirse escuchado sin miedo a ser juzgado y reunir las fuerzas suficientes para continuar el camino.

Quizá por eso, durante gran parte de mi vida, intenté convertirme en uno de esos refugios.

No porque sintiera que era mi obligación, sino porque me nace hacerlo. Escuchar siempre ha sido una forma de querer. Si un amigo necesitaba desahogarse, ahí estaba. Si alguien atravesaba una mala racha, intentaba encontrar las palabras adecuadas. Si podía aliviar aunque fuera un poco el peso que otra persona llevaba sobre los hombros, sentía que había valido la pena detenerme un rato más antes de seguir mi propio camino.

Nunca vi aquello como un sacrificio. Al contrario. Siempre pensé que la empatía era uno de los regalos más bonitos que podíamos ofrecerle a alguien.

Sin embargo, con el paso de los años empecé a descubrir algo que nadie me había enseñado.

Los refugios también necesitan mantenimiento.

La leña se acaba.

El techo se deteriora.

Las paredes empiezan a agrietarse.

Y si nadie las cuida, llega un momento en el que dejan de proteger incluso a quienes viven dentro de ellas.

Creo que durante mucho tiempo olvidé que yo también era una persona que necesitaba un refugio.

Muchos de quienes leen este blog saben que soy autista. No suelo hablar de ello buscando compasión, porque no considero que mi vida sea una tragedia por ese motivo. Mi forma de experimentar el mundo simplemente funciona de una manera distinta. Hay cosas que otras personas hacen sin pensar y que para mí implican un esfuerzo silencioso que rara vez se ve desde fuera. Interpretar conversaciones, analizar gestos, preguntarme si entendí bien una broma, regular el ruido, la cantidad de personas, las emociones ajenas o intentar encajar en un entorno que muchas veces parece diseñado para alguien diferente consume una cantidad enorme de energía.

A eso se suma convivir desde hace muchos años con depresión y ansiedad. No son visitantes ocasionales que aparecen una tarde y desaparecen al día siguiente; forman parte de un camino que he aprendido a recorrer. Hay temporadas luminosas en las que todo parece un poco más sencillo y otras en las que levantarse de la cama ya representa una pequeña victoria. He aprendido a convivir con ambas sin dejar que definan quién soy, pero también he tenido que aceptar que mi energía no es infinita.

Durante mucho tiempo actué como si lo fuera.

Mientras intentaba sostenerme a mí misma, seguía intentando sostener a quienes quería. Escuchaba durante horas, buscaba soluciones para problemas que no me correspondían, me preocupaba más de la cuenta y terminaba llevándome a casa dolores que ni siquiera me pertenecían. Lo hacía porque quería ayudar. Porque me importaban esas personas. Porque, cuando uno sabe lo que es sentirse solo, hace todo lo posible para que nadie más tenga que pasar por esa sensación.

El problema es que el corazón tiene muy buenas intenciones, pero el cuerpo y la mente también tienen límites.

Y yo tardé demasiado tiempo en reconocer los míos.

Hubo un momento en el que empecé a notar que las conversaciones que antes me llenaban ahora me dejaban completamente agotada. Que después de intentar animar a alguien durante horas necesitaba varios días para recuperar la energía. Que los problemas de otras personas seguían dando vueltas en mi cabeza incluso cuando ya estaba acostada intentando dormir. Me descubrí preocupándome más por quienes no podían salir adelante que por mí misma, mientras yo también estaba luchando por mantenerme a flote.

Entonces apareció una pregunta que me incomodó profundamente.

¿Quién estaba cuidando de mi propio bosque?

Siempre me ha gustado imaginar mi mente como un pequeño bosque. Hay días en los que el sol atraviesa las ramas y todo parece tranquilo. Los pájaros cantan, el río corre limpio y hasta las hojas parecen bailar con el viento. Pero también existen inviernos largos. Temporadas en las que la niebla no deja ver el camino, los árboles pierden sus hojas y encontrar un poco de calor requiere mucho más esfuerzo del habitual.

Durante años abrí ese bosque para que cualquiera pudiera descansar bajo sus árboles. Un día descubrí que ya no cantaban los pájaros, que el río apenas llevaba agua y que los árboles empezaban a secarse. No era porque hubiera dejado de amar el bosque; era porque llevaba demasiado tiempo olvidándome de cuidarlo.

Creo que una de las lecciones más difíciles que he aprendido como adulta ha sido comprender que querer ayudar a alguien no siempre significa que podamos hacerlo. Hay personas que atraviesan momentos terribles y que, cuando encuentran una mano tendida, hacen todo lo posible por levantarse. Tal vez tropiecen una y otra vez, pero siguen caminando. Acompañarlas es un privilegio, incluso cuando el camino resulta duro.

Pero también existen otras situaciones.

Personas que llevan años instaladas en el mismo dolor, rechazando cualquier posibilidad de cambio, cualquier consejo, cualquier ayuda profesional o cualquier oportunidad distinta, mientras esperan que quienes las rodean permanezcan eternamente escuchando la misma historia una y otra vez. Y decir esto no nace de la falta de empatía. Al contrario. Lo digo precisamente porque conozco lo difícil que puede ser convivir con la depresión, la ansiedad o cualquier otro problema de salud mental. Sé perfectamente que sanar no consiste en decidir un lunes por la mañana que todo irá bien.

Sin embargo, también he aprendido que nadie puede hacer ese trabajo por nosotros.

Las personas pueden acompañarnos.

Pueden escucharnos.

Pueden abrazarnos.

Pueden caminar a nuestro lado.

Pero no pueden recorrer nuestro camino mientras nosotros permanecemos inmóviles.

Comprender eso me dolió más de lo que imaginaba, porque durante mucho tiempo confundí la empatía con la responsabilidad. Sentía que, si alguien seguía sufriendo, era porque yo no había encontrado todavía las palabras adecuadas. Que quizá necesitaba escuchar un poco más, insistir un poco más, sacrificar un poco más de mi propia tranquilidad.

Qué equivocada estaba.

Comprendí que la empatía no consiste en ahogarse junto a quien se está hundiendo. A veces la única forma de seguir tendiendo la mano es permanecer en tierra firme.

Poner límites ha sido una de las habilidades más difíciles que he intentado aprender. No porque me resulte complicado decir la palabra "no", sino porque durante mucho tiempo sentí que cada límite era una forma de abandonar a alguien. Me costó entender que retirarme de una situación que estaba destruyendo mi salud mental no significaba dejar de querer a esa persona. Significaba, simplemente, dejar de abandonarme a mí misma.

Y eso también ha sido un acto de amor.

No uno dirigido hacia los demás, sino hacia esa versión de mí que tantas veces quedó en último lugar.

La misma que volvía agotada a casa después de un día intentando parecer funcional en un mundo lleno de estímulos. La que seguía respondiendo mensajes cuando ya no tenía energía ni para pensar. La que se sentía culpable por necesitar silencio. La que confundía descansar con ser egoísta.

Hoy sigo intentando ser un refugio.

No quiero convertirme en alguien indiferente. No quiero endurecerme hasta el punto de mirar hacia otro lado cuando alguien necesita apoyo. Ese nunca ha sido mi deseo y espero que nunca llegue a serlo.

Pero ahora intento recordar algo que antes olvidaba constantemente: un refugio vacío deja de ser un refugio.

Si regalo toda mi leña durante el invierno, cuando llegue mi propia noche no tendré con qué encender el fuego.

Y yo también tengo noches frías.

También tengo días en los que la ansiedad habla demasiado alto, en los que la depresión intenta convencerme de que descanse un poco más o en los que mi cabeza simplemente necesita silencio porque el mundo entero resulta demasiado ruidoso.

En esos días ya no quiero sentirme culpable por cerrar la puerta del bosque durante un rato.

Necesito creer que los límites no levantan muros; construyen cercas para proteger aquello que aún sigue creciendo.

Quizá hacerse adulto consista un poco en eso. En descubrir que no podemos salvar a todo el mundo, pero sí podemos decidir no abandonarnos en el intento. En aceptar que el amor también sabe decir "hasta aquí". En comprender que cuidar de uno mismo no resta amor hacia los demás, sino que permite seguir ofreciéndolo durante muchos años más.

Si has llegado hasta aquí y últimamente sientes que cargas demasiadas tormentas sobre los hombros, o que llevas tanto tiempo intentando mantener en pie los bosques ajenos que has olvidado recorrer el tuyo, me gustaría recordarte algo que yo misma necesito escuchar de vez en cuando.

Tú también mereces un refugio.

Mereces descansar sin sentir culpa.

Mereces guardar un poco de leña para cuando llegue tu propio invierno.

Y mereces rodearte de personas que, de vez en cuando, también se preocupen por preguntarte cómo está tu bosque.

Porque el mundo necesita personas amables, personas dispuestas a escuchar y corazones que aún crean en la bondad. Pero, sobre todo, necesita que esas personas puedan seguir existiendo.

Hoy mi bosque sigue siendo un refugio. Los viajeros aún encuentran un lugar donde descansar, los espíritus continúan acercándose y el fuego sigue encendido. La única diferencia es que ahora también he aprendido a sentarme junto a ellos. Porque descubrí que la guardiana nunca estuvo separada del bosque; siempre fue parte de él. Y cuidar de una también era cuidar del otro.

Quizá esa sea la verdadera tarea de una guardiana: no impedir que el bosque cambie, ni cargar con el dolor de cada criatura que lo habita, sino procurar de que siempre exista un lugar donde la vida pueda volver a florecer. Incluso si, algunas veces, la primera semilla que necesita cuidar es la de su propio corazón.


20 may 2026

Aprender a existir entre dragones



Creo que durante mucho tiempo pensé que socializar era una especie de idioma secreto que todos parecían entender menos yo.


Mientras otras personas navegaban las conversaciones con una naturalidad que envidiaba, yo sentía que cada interacción venía con un manual invisible que nunca recibí. A veces las palabras se atoraban en la garganta, otras mi mente iba a mil revoluciones —o se quedaba en un blanco absoluto—, y muchas veces simplemente me iba a la cama sintiendo que venía “mal configurada” para habitar ciertos espacios.



Crecer siendo autista puede sentirse exactamente así: como observar el mundo desde una ventana muy nítida, pero de un cristal tan grueso que todo lo que ves parece existir detrás de una barrera imposible de cruzar. El ruido de afuera abruma, las reglas sociales cambian sin aviso y tú te quedas ahí, intentando descifrar el entorno.


Y entonces, aparecieron los juegos.



No hablo de los juegos como un simple entretenimiento superficial para pasar el rato, sino como un refugio. Como un lenguaje propio. Como un mapa seguro para explorar aquello que en el mundo real parecía demasiado complejo, caótico o ruidoso.

En mi vida, sentarme a la mesa a jugar Dungeons & Dragons se convirtió en algo inesperadamente terapéutico.


Puede sonar extraño pensar que llenar una hoja de personaje a lápiz, rodearte de dados y fingir ser alguien más pueda ayudarte a entenderte mejor. Pero a veces necesitamos la ficción y la fantasía para acercarnos a nuestras verdades más profundas.



Cuando diseño un personaje, cuando elijo sus dotes y trazo su trasfondo, a menudo imagino una versión de mí que camina por el mundo sin algunas de las limitaciones que cargo en el día a día.


Mi personaje no necesita gafas para ver la belleza del paisaje. No tiene que preocuparse por las enfermedades crónicas, por los dolores ni por ese cansancio físico que a veces impone sus propias reglas y me frena. Ella puede entrar en una taberna ruidosa llena de desconocidos y hablar con la seguridad de una líder. Puede sostenerle la mirada a un rey elfo o a un tabernero sin tener que calcular los segundos en su cabeza. Puede improvisar. Puede tensar su arco, lanzar un conjuro de paladín y si la tirada falla, el error se resuelve con el rodar de un dado, sin convertirse en una espiral interminable de culpa y sobreanálisis mental.


Y aunque ella está hecha de estadísticas y tinta, y claramente no soy yo... algo de mí habita en sus decisiones.


Porque al interpretarla, ensayo posibilidades. Practico respuestas ante la injusticia, exploro emociones complejas y me permito habitar formas de existir que en la vida real todavía estoy aprendiendo a digerir.


A veces, detrás de una tirada de salvación o de un éxito crítico, encontramos pequeños actos de valentía que nos pertenecen a nosotros, no a la hoja de papel:


Hablar firmemente cuando normalmente elegiríamos callar y desaparecer.

Improvisar un plan sobre la marcha cuando somos de las que necesitamos planear cada milímetro de la existencia.

Confiar a ciegas en los otros jugadores para que cubran tu espalda.

Aceptar, finalmente, que no todo resultado en la vida depende de nuestro control.

Y eso, aunque ocurra en un universo de dragones, bosques ancestrales y magia, rompe la barrera del cristal y transforma algo dentro de ti en el mundo real.



Creo que por eso el rol es una forma hermosa de terapia. No porque reemplace el acompañamiento profesional ni porque pretenda "curar" algo que no está roto, sino porque crea un espacio seguro. Un diario en blanco donde explorar quiénes somos sin el peso inmediato del juicio cotidiano. Nos da permiso para probar, para fallar, para morir y revivir, para reinventarnos.



Y quizá, sesión tras sesión, campaña tras campaña, descubres que muchas de las cualidades, la fuerza y la resiliencia que tanto admiras en tu personaje ya existían dentro de ti, esperando el momento adecuado para salir a la luz.


Tal vez por eso sigo guardando mis dados y diseñando nuevas historias. Porque en cada aventura, mi personaje me recuerda algo que el mundo exterior a veces me hace olvidar: que no hay nada malo en experimentar la realidad de una forma distinta.


A veces no es que estemos mal configuradas; a veces solo necesitamos encontrar la mesa correcta, las personas correctas y la campaña adecuada para recordar que nosotras también pertenecemos a este mundo.


10 mar 2026

Tormentas, Diagnósticos y la Terquedad de una Elfa



 Hola a todos,

Me paso por aquí para contarles cómo han estado mis últimas semanas, porque la verdad, han sido una tormenta perfecta. Me gustaría decirles que todo ha sido color de rosa, pero les mentiría. He estado sumergida en una marea interminable de migrañas y náuseas. No hablo de un dolorcito de cabeza normal; hablo de crisis tan intensas que no cedían con nada, lo que me llevó a tener que ir a urgencias en varias ocasiones en busca de alivio. La ilustración que ven es apenas un reflejo de esos días oscuros, cuando el dolor físico se vuelve tan tangible que se siente como un peso sobre los hombros.



En medio de todo este caos físico, también he tenido algunas respuestas. Finalmente, tengo el diagnóstico clínico de autismo con nivel de apoyo 1. Es un alivio tener un nombre para muchas cosas, pero el diagnóstico llegó acompañado de una puntuación muy alta de depresión clínica y ansiedad. No les voy a negar que el dolor físico constante sumado a esta nueva realidad mental me ha abrumado bastante. Se siente como si mi cuerpo y mi mente hubieran decidido conspirar juntos para ponerme las cosas difíciles.

Esa es la razón principal por la que he estado tan ausente. Ni siquiera he podido responder a los retos de la semana que yo misma propuse en el club de retos. Me frustra, porque es algo que disfruto, pero estos días simplemente no he tenido la energía ni la concentración necesarias. Ver el chat y las notificaciones me daba aún más ansiedad, pero realmente no podía hacer nada. Les pido disculpas a todos los que estaban esperando mi participación.

Pero bueno, a pesar de todo, sigo siendo una elfa terca. Mi cuerpo puede jugarme malas pasadas y mi mente puede ser un lugar oscuro a veces, pero no me rindo fácilmente. Hay cosas que me mantienen ilusionada y me dan fuerzas para seguir adelante.






Por ejemplo, ¡pude comprar boletas para ver a Korn y a Gorillaz! Y no solo eso, ¡conseguí ubicaciones muy adelante! Solo de pensar en estar ahí, sintiendo la música y la energía del concierto, me emociono. Es una de esas cosas que me recuerdan por qué vale la pena pasar por los días difíciles.



Y eso no es todo. En octubre, mis amigos y yo tenemos un planazo: vamos al Salón del Ocio y la Fantasía. ¡Alquilaremos un bus para ir todos juntos y nos quedaremos en un Airbnb! Ya me imagino el viaje, las risas, el cosplay... Es algo que me hace mucha ilusión y me ayuda a ver la luz al final del túnel.


Así que sí, las cosas han estado muy feas últimamente. Pero sigo aquí, dando mi mejor esfuerzo. Sigo buscando un trabajo mejor y sigo intentando cuidar de mí misma. Sé que va a tomar tiempo, pero confío en que esta tormenta pasará.


Pronto intentaré ponerme al día con los retos del club. Gracias a todos por su paciencia y por estar ahí.

Un abrazo de elfa.






20 ene 2026

Ser autista en un mundo neurotípico: básicamente un changeling que se olvidó de volver al bosque



Miren, yo no pedí nacer con el DLC de "dificultad extra: procesar el mundo entero en 4K mientras los demás van en 480p" (╬ Ò﹏Ó), pero aquí estamos. Y lo más gracioso (o lo más triste, dependiendo del día y de si hay demasiado ruido) es que en la Edad Media ya tenían una explicación perfecta para gente como yo:


"Uy, tu hijo no mira a los ojos, llora sin razón aparente, odia que lo abracen, se obsesiona con girar cosas y no habla como los demás niños... ¡seguro las hadas lo cambiaron por uno de los suyos!"(;⌣̀_⌣́)


Y todos asintiendo serios, como si fuera la teoría más lógica del mundo. ┐(‘~` )┌ Mientras tanto, el verdadero culpable era... ¿el cableado neurológico? Nah, demasiado sci-fi para el año 1250. Mejor culpar a las hadas. Al menos eran unas hadas Hermosas, con Magia  y todo. ☆(>ᴗ•)


Imagínate la escena medieval:



- Madre neurotípica, desesperada: "¡Mi chiquitín era tan dulce! Sonreía a todo el mundo, me seguía con la mirada... ¡y ahora solo se queda horas mirando el fuego de la chimenea, sin decir ni pío, y arma torres con las leñas que nadie puede tocar!"

- Vecina chismosa, con tono experto: "Shhh, no llores, mujer. Eso huele a changeling de lejos. Las hadas se roban al bueno y te plantan uno torcido, que no encaja con los nuestros. ¡Hay que hacer algo antes de que traiga mala suerte al pueblo!"

- Yo (en mi cabeza, 800 años después): "Torcido dice la que prefiere inventar cuentos de hadas en vez de notar que el 'defecto' es solo una forma diferente de ver el mundo. Lógica medieval: cero puntos."

Y lo mejor: para "devolver" al supuesto changeling al reino feérico, ¿qué hacían? Quemarlo un poquito, meterlo en un horno caliente, tirarlo al río, o abandonarlo en el bosque. Muy tierno, muy inclusivo, 10/10 parenting medieval.

*.:ꔫ:*゚+.ꔫ.:*

Entonces, cada vez que hoy en día alguien me dice "pero pareces tan normal" o "no te ves autista", yo pienso: "Amigo, en otra época me hubieran dejado en el bosque con una nota que dice 'devolver a destinatario: hadas del bosque negro, gracias por el changeling, no queremos reembolso'". (asumiendo que supieran escribir mis familiares, de lo contrario creo que me queman por "bruja" ) (⇀‸↼‶)

Así que sí, soy un changeling que se quedó en el mundo humano por error administrativo. Las hadas se olvidaron de recogerme en el punto de intercambio. O tal vez simplemente les di pena y me dejaron aquí para que siga confundiendo a la gente con mi cara de "estoy resolviendo el sentido de la vida mientras tú hablas de fútbol".(ノ>ω<)ノ :。・:*:・゚’★,。・:*:・゚’☆


Y hablando de confusiones modernas: aquí estoy yo, en 2026, peleando con neurólogos y psiquiatras para que me den de nuevo el diagnóstico que mi abuela quemó cuando tenía 6 años (porque, claro, ¿Quién necesita papeles que digan 'autista' cuando puedes obligar a tu nieta a fingir que todo es normal?). Pero los psiquiatras viejos insisten: "No, mija, las mujeres no son autistas; solo son depresivas e histéricas". Ajá, porque nada grita "ciencia actualizada" como etiquetas del siglo XIX. Mientras tanto, yo sigo evitando luces brillantes y buscando rincones silenciosos, esperando que algún día un profesional ilumine su cerebro con evidencia real en vez de mitos médicos obsoletos. (ಠ_ಠ)


Moraleja de la historia: si en 2026 todavía te miran raro porque no captas el sarcasmo grupal o porque prefieres los auriculares a la small talk... tranqui. Solo estás manteniendo viva una tradición milenaria. Eres básicamente patrimonio cultural intangible de la humanidad.


Y si algún día las hadas vienen a buscarme de verdad, avísenme. Llevo +30 años esperando que me recojan en el aeropuerto feérico. Ya tengo la maleta lista: auriculares con cancelación de ruido, un libro para esconderme del mundo y un manual de "cómo fingir que entiendes las normas sociales sin morir en el intento".


Nos vemos en el otro lado del velo... o en la sección de descuentos de librería, donde quiera que esté más oscuro y silencioso.