Hace unos días me encontré pensando en una pregunta curiosa. No cuál es mi personaje favorito, porque esa respuesta cambia según el día, el anime que estoy viendo o el libro que tengo entre manos. Tampoco cuál considero mejor escrito o más poderoso. La pregunta era mucho más simple y, al mismo tiempo, más difícil: ¿qué personaje de ficción se parece más a mí?

La primera respuesta que me vino a la cabeza fue que ninguno. Después de todo, yo no soy una maga, ni una aventurera, ni una exorcista de maldiciones. Trabajo organizando documentos, soy auxiliar de enfermería, practico Hapkido, escribo en un blog perdido en algún rincón de internet y me paso más tiempo preocupándome por si mis amigos están bien que por mí misma. Pero cuanto más lo pensaba, más me daba cuenta de que los personajes que nos marcan suelen hacerlo porque reflejan partes de nosotros mismos. A veces son nuestras virtudes. A veces nuestros defectos. A veces son heridas que reconocemos aunque nunca las hayamos puesto en palabras.

Sylphiette siempre me ha parecido uno de los personajes más infravalorados de Mushoku Tensei. Mucha gente la recuerda por ser amable o dulce, pero pocas veces se habla de la enorme fortaleza que hay detrás de esa apariencia tranquila. Lo que más me hace sentir identificada con ella es esa tendencia a cuidar a los demás incluso cuando uno mismo está cansado. Durante años trabajé en enfermería y, de alguna manera, esa forma de pensar sigue conmigo. Cuando alguien me cuenta un problema, mi reacción automática suele ser intentar ayudar, buscar una solución o al menos escuchar. A veces incluso olvido que yo también necesito descansar. Sylphiette me recuerda que existen personas que no necesitan ser las más ruidosas de la habitación para ser importantes. Hay quienes sostienen a los demás en silencio, y creo que siempre me he sentido más cómoda en ese papel.

Luego está Frieren. Si tuviera que elegir un personaje que reflejara mi experiencia como persona autista, probablemente sería ella. No porque comparta su inmortalidad élfica —aunque reconozco que la parte de ser una elfa me resulta tentadora— sino porque muchas veces siento que observo el mundo desde un ángulo ligeramente distinto al de los demás. Hay conversaciones, normas sociales o reacciones que parecen obvias para otras personas y que yo necesito analizar conscientemente para entender. También me pasa algo muy parecido a lo que le ocurre a Frieren con los recuerdos. Muchas veces no comprendo la importancia de un momento mientras está ocurriendo. Es después, semanas, meses o incluso años más tarde, cuando descubro que aquello era especial. Una conversación cualquiera. Una tarde jugando D&D. Una clase de Hapkido. Un viaje con amigos. Entonces me encuentro recordándolo con cariño y preguntándome por qué no fui capaz de verlo en ese instante.

Maomao representa otra parte muy importante de mí: la curiosidad. Mi cerebro parece incapaz de dejar las cosas a medias. Si encuentro un tema interesante, quiero saber cómo funciona, de dónde viene, por qué ocurre y qué pasaría si cambiamos una variable. Me sucede con la medicina, con la archivística, con la historia, con los animales, con las artes marciales y hasta con los mundos ficticios. Más de una vez he empezado buscando una respuesta sencilla y he terminado leyendo artículos, manuales o documentos durante horas. También comparto con Maomao cierta dificultad para entender por qué algunas personas consideran extraño interesarse tanto por algo. Para mí investigar es divertido. Es casi un juego. Además, reconozco en ella algo que me hace mucha gracia: esa mezcla entre inteligencia y torpeza social que genera situaciones incómodas sin siquiera intentarlo.

Maki Zenin ocupa un lugar diferente. No me identifico con ella por su historia concreta, sino por la forma en que enfrenta las dificultades. Hay una frase que escucho con cierta frecuencia cuando hablo de mis problemas de salud, del trabajo, de los estudios o de mis actividades: “¿Y cómo haces para aguantar tanto?”. La verdad es que nunca he tenido una respuesta espectacular. No hay un secreto oculto. Simplemente sigo avanzando. He tenido temporadas de migrañas, agotamiento, estrés, problemas de salud, situaciones familiares complicadas y momentos en los que sentía que no tenía energía para nada. Pero al final siempre termino levantándome para ir a trabajar, asistir a entrenar, organizar alguna actividad o continuar con los proyectos que me importan. No porque sea especialmente valiente, sino porque rendirme nunca me ha parecido una opción atractiva. Creo que eso es lo que admiro de Maki. No espera condiciones ideales. No espera que el mundo sea justo. Hace lo que puede con lo que tiene y sigue adelante.

Sōjirō Seta ocupa un lugar un poco diferente en esta lista porque la razón por la que me identifico con él no es agradable ni divertida.
Cuando pienso en Sōjirō no pienso en su velocidad, ni en su espada, ni siquiera en las escenas más famosas de Rurouni Kenshin. Lo primero que me viene a la mente es esa sonrisa constante. Esa sonrisa que parece decir que todo está bien incluso cuando claramente no lo está.
Durante muchos años entendí demasiado bien esa sonrisa.
Crecí en un entorno donde aprendí que mostrar dolor no siempre cambiaba las cosas. Hubo críticas, comparaciones, palabras que se repetían una y otra vez hasta que uno termina creyéndolas. También hubo momentos de maltrato físico por parte de mi abuela, algo que durante mucho tiempo normalicé porque era lo que conocía. Cuando eres niño no tienes forma de medir si algo es justo o injusto. Simplemente asumes que así funcionan las cosas y aprendes a adaptarte.
Con el tiempo terminé convencida de que si me esforzaba más, si era más útil, más inteligente, más obediente o menos problemática, finalmente sería suficiente. Que tal vez el problema era yo. Que tal vez tenía que ganarme el cariño, la aprobación o incluso el derecho a equivocarme.
Hoy sé que no funciona así, pero los niños no suelen saberlo.
Lo que hacen es sobrevivir.
Y cada persona aprende una estrategia distinta.
Algunos se rebelan.
Otros se aíslan.
Yo aprendí a seguir adelante.
Aprendí a hacer lo que se esperaba de mí, a intentar no causar problemas, a concentrarme en mis responsabilidades y a aparentar que todo estaba bajo control. No porque fuera especialmente fuerte, sino porque parecía más sencillo que explicar lo que sentía.
Por eso Sōjirō siempre me ha producido una mezcla extraña de tristeza y ternura. Porque detrás de su sonrisa veo a alguien que pasó demasiado tiempo creyendo que sus emociones no importaban. A alguien que aprendió a desconectarse de lo que sentía para poder soportar lo que estaba viviendo.
No estoy diciendo que nuestras historias sean iguales. No lo son. Pero sí reconozco esa sensación de seguir funcionando cuando por dentro algo no termina de estar bien.
La Melissa que la mayoría de las personas conoce es la que organiza actividades, ayuda a sus amigos, investiga temas extraños por simple curiosidad, practica Hapkido, escribe sobre elfos, juega Dungeons & Dragons y siempre parece tener algún proyecto nuevo entre manos. Y esa Melissa existe. Es real.
Pero también existe otra Melissa. Una que pasó años intentando descubrir que su valor como persona no dependía de ser útil todo el tiempo. Que descansar no era pereza. Que equivocarse no era fracasar. Que pedir ayuda no era una debilidad. Que no tenía que ganarse el derecho a existir complaciendo a todo el mundo.
Quizá por eso le tengo tanto cariño a Sōjirō. Porque cuando lo veo ya no pienso en el espadachín prodigio. Pienso en un niño que necesitaba que alguien le dijera que no todo lo que le ocurrió fue culpa suya.
Y, siendo sincera, creo que una parte de mí también necesitaba escuchar eso.
Con los años he aprendido que ser fuerte no significa aguantarlo todo en silencio. A veces la verdadera fortaleza consiste en reconocer que algo nos hirió, permitirnos sentirlo y aun así seguir construyendo una vida mejor.
Y creo que esa es una lección que tanto Sōjirō como yo tardamos mucho tiempo en aprender.

Y finalmente está Marcille. Probablemente sea el personaje que más me sorprendió al descubrir cuánto me identificaba con ella. Marcille es inteligente, estudiosa, emocional, algo ansiosa y tremendamente protectora con las personas que quiere. Puede pasar de una explicación perfectamente razonable a un ataque de pánico en cuestión de minutos. Y, siendo sincera, esa descripción me resulta sospechosamente familiar. Quienes me conocen saben que puedo organizar proyectos, resolver problemas, coordinar actividades y ayudar a otras personas a mantener la calma. Sin embargo, cuando el problema me afecta directamente, mi cerebro a veces decide correr en círculos como un hámster hiperactivo. También comparto con Marcille esa necesidad de construir pequeños refugios. Para ella es su grupo de aventureros. Para mí pueden ser mis amigos, mi mesa de D&D, las clases de Hapkido, mis libros, mi blog o incluso una tarde tranquila viendo anime mientras llueve afuera.
Lo curioso es que ninguno de estos personajes se parece completamente a mí. Sylphiette es más paciente. Frieren es más sabia. Maomao es más brillante. Maki es más fuerte. Marcille es más caótica. Pero cada uno refleja una parte de mi personalidad, una forma de ver el mundo o una experiencia que reconozco como propia.

Quizá por eso nos gustan tanto las historias. Porque a veces un personaje consigue explicar algo de nosotros que no sabíamos cómo expresar. Nos presta palabras, gestos o emociones para comprendernos un poco mejor.
Y ahora tengo curiosidad por saber si soy la única que hace esto.
Si tuvieran que elegir un personaje de ficción que realmente se parezca a ustedes, no necesariamente su favorito ni el más poderoso, sino aquel que les hace pensar “yo habría reaccionado exactamente igual”, ¿quién sería y por qué?
Los leo en los comentarios.
Yo nunca he visto anime, pero creo que soy una mezcla de Jack Sparrow, Daenerys Targaryen y Michonne. Jack por esa manía de buscar soluciones poco convencionales y encontrarle humor incluso a los momentos difíciles. Daenerys porque, cuando creo en una persona o en una causa, la defiendo con todo y me cuesta quedarme callada frente a las injusticias. Y Michonne porque puedo parecer distante al principio, pero cuando alguien se gana mi confianza soy muy leal y protectora. Ninguno me representa por completo, pero entre los tres siento que describen bastante bien cómo pienso y cómo reacciono ante la vida.
ResponderEliminar