
Curiosamente, los monstruos que más huella me dejaron fueron precisamente esos.
No suelo escribir este tipo de cosas porque siempre termino pensando que hay experiencias mucho peores que la mía. Y las hay. No pretendo compararlas. Pero también creo que a veces minimizamos tanto el acoso cotidiano que terminamos llamándolo insistencia, romanticismo o preocupación. Y no. Hay cosas que simplemente dan miedo. Dan asco. Y, sobre todo, desgastan.
El primero apareció cuando yo entrenaba kung fu. Sin preguntarme absolutamente nada decidió quequeria que yo fuera su novia. El pequeño problema era que yo jamás quise nada con él. Nunca le di un beso. Nunca acepté salir con él. Nunca fui su novia. Nunca hubo un "casi". Nunca le di esperanzas de ningún tipo. Mi respuesta siempre fue exactamente la misma: no.
Lo curioso es que algunas personas parecen escuchar esa palabra como si fuera el inicio de una negociación o, peor todavía, como un reto personal que deben superar.
Empezó insistiendo para que saliera con él, para que le diera un beso, para que "le diera una oportunidad". Y cuando entendía que por ahí no iba a conseguir absolutamente nada, sacaba la siguiente carta del mazo: decir que se iba a matar por mi culpa.
El problema para él era que esa carta tampoco funcionaba conmigo.
Yo era adolescente, sí, pero no era tan ingenua como para no darme cuenta de lo que estaba intentando hacer. Entendía perfectamente que amenazar con matarse para conseguir que alguien saliera contigo era una forma de manipulación, aunque en ese momento probablemente no utilizara el término "manipulación emocional". Así que terminé diciéndoselo de la manera menos diplomática posible: si quería matarse, que lo hiciera. A mí no me importaba y, además, ambos sabíamos que no iba a hacerlo.
Puede sonar cruel escrito tantos años después, pero tampoco voy a reescribir a mi yo adolescente para hacerla más amable de lo que fue. Yo estaba harta. Él pretendía convertir una amenaza de suicidio en una moneda de cambio para conseguir una relación que yo ya había rechazado una y otra vez, y mi respuesta fue dejarle claro que conmigo ese chantaje no iba a funcionar.
Después empezó a seguirme.
A veces cuando salía de entrenar, otras cuando caminaba al colegio, que quedaba apenas a dos cuadras de mi casa. Nunca sabía cuándo estaba detrás de mí ni cuándo simplemente aparecería. Esa incertidumbre es horrible porque terminas mirando hacia atrás por costumbre, aunque no haya nadie.
Luego comenzaron los mensajes.
Hasta hoy no tengo idea de cómo conseguía mis números de celular. Yo cambiaba de número y, tarde o temprano, volvía a aparecer.
Nunca olvidaré uno de ellos.
"Hoy se veía muy linda con la falda del uniforme."
Estoy segura de que alguien leerá esa frase y pensará: "qué tierno". A mí todavía me produce escalofríos. Porque esa frase significaba que alguien me había estado observando sin que yo lo supiera. Sabía cómo iba vestida, dónde estaba y probablemente cuánto tiempo llevaba ahí. Eso no es romántico. Eso es aterrador.
Cuando empecé mi relación con quien hoy es mi esposo pensé que, por fin, aquella campaña secundaria había terminado. Pues no. El sujeto incluso llegó al absurdo de retarlo a un combate, como si yo fuera un objeto mágico que pudiera obtener derrotando al jefe de la mazmorra. Mi esposo aceptó, le ganó y yo, ingenuamente, pensé que con eso acabaría todo.
Error.
Durante casi tres años, cada vez que coincidíamos por casualidad en algún restaurante o cualquier sitio público, montaba un espectáculo digno de un bardo al que expulsaron de la taberna por dramático. Apenas nos veía se levantaba diciendo cosas como "ya se me dañó la noche" o "ya se me amargó la comida", procurando siempre que todo el mundo lo escuchara. Luego pagaba y se iba, como si acabara de protagonizar el sacrificio más grande de la historia. Al principio me daba muchísima vergüenza, porque inevitablemente todas las miradas terminaban sobre nosotros. Después empecé a sentir miedo, porque nunca sabes hasta dónde puede llegar alguien que vive una película completa dentro de su cabeza. Y, con el paso del tiempo, todo aquello dejó de producirme cualquier otra emoción distinta al cansancio. Hay un momento en el que simplemente te hartas de ser un personaje involuntario en el drama que otra persona escribe todos los días.
Pensé que con él ya había cubierto mi cuota de gente incapaz de aceptar un "no". Resulta que la vida todavía tenía otro jefe preparado.
Este segundo caso me molesta incluso más porque siempre había alguien dispuesto a justificarlo. Él también era autista. Yo también lo soy. Y precisamente por eso me enfurece cuando alguien utiliza el autismo como explicación para comportamientos que no tienen absolutamente nada que ver con el diagnóstico. Ser autista no te convierte en manipulador. No te convierte en acosador. No te convierte en alguien incapaz de hacerse responsable de sus decisiones. Solo significa que eres una persona autista. Lo demás depende de quién decidas ser.

Este sujeto tenía un talento extraordinario para encontrar culpables externos de cualquier cosa que saliera mal en su vida. Cuando fracasó en el examen para una beca internacional decidió que el problema era yo y mi grupo de amigos porque, según él, lo habíamos "infectado con nuestra mediocridad". Todavía me hace gracia esa frase. Nos llamaba mediocres mientras la mayoría de nosotros trabajábamos para pagar nuestras propias cosas. En mi caso terminé un técnico, un tecnólogo, seguí haciendo diplomados, cursos y capacitaciones porque aprender siempre me ha hecho feliz. Todo eso mientras trabajaba y mientras intentaba entender un diagnóstico de autismo que llegó bastante tarde a mi vida. Curiosamente, nunca necesité buscar un culpable cada vez que algo no salía como esperaba.
Hubo una época en la que dejé de hablarle y, siendo completamente sincera, creo que fue una de las decisiones más inteligentes que tomé. El problema fue que durante la pandemia me ganó la empatía. Pensé que estaba pasando por un momento muy difícil y decidí volver a escribirle. Si alguna vez encuentran un manual titulado "Melissa toma decisiones cuestionables por culpa de su empatía", ese capítulo debería empezar exactamente aquí.
No pasó mucho tiempo antes de descubrir que ahora también era responsable del fracaso de su relación sentimental. Él había decidido irse a vivir con una mujer, la relación terminó porque ella volvió con su expareja y, por algún extraño mecanismo que todavía escapa a las leyes de la física, la culpable también era yo. Según él, si hubiera estado presente, si lo hubiera acompañado más, si hubiera estado ahí para apoyarlo, aquello nunca habría ocurrido. Llevo años intentando entender esa lógica y sigo llegando exactamente a la misma conclusión: error 404, sentido común no encontrado.
Lo realmente surrealista vino después. Un día me llamó su mamá para reclamarme porque su hijo se sentía mal y yo no quería hacerlo sentir mejor. Sí, un hombre de más de veinte años necesitó que su madre llamara a otra persona para exigirle que se hiciera cargo de su estado emocional. Como si yo hubiera firmado un contrato secreto comprometiéndome a mantenerlo emocionalmente estable de por vida. Cuando eso tampoco funcionó, mandó a un par de amigos hasta mi propia casa para decirme que yo era la persona más horrible que habían conocido, que él sufría muchísimo y que cómo era posible que no estuviera ahí diciéndole que todo iba a salir bien.
Y por si todavía no había invadido suficientes espacios de mi vida, encontró mi antiguo blog.
Mi blog.
Ese pequeño rincón de internet donde escribía porque me gustaba hacerlo. Donde hablaba de mis dibujos, mis juegos, mis ocurrencias, mis días buenos y mis días malos. Un lugar que siempre sentí como mío.
Pues también decidió meterse ahí.
Empezó a dejar comentarios prácticamente en cada entrada para que lo desbloqueara, para que le hablara, para que por favor le respondiera. Abría el correo y había otro comentario suyo. Publicaba una entrada nueva y, tarde o temprano, volvía a aparecer. Era como esas misiones secundarias mal diseñadas que uno completa tres veces y el NPC insiste en reaparecer porque el desarrollador olvidó marcar la casilla de "eliminar personaje".
Qué asco.
Porque eso es lo que muchas personas no entienden del acoso. No es un mensaje. No son dos. No es una discusión aislada. Es la sensación constante de que alguien intenta colarse en todos los espacios que deberían ser tuyos. Cambias de número y consigue el nuevo. Dejas de hablarle y manda a otros. Ignoras los mensajes y busca a tu familia. Tienes un blog donde escribir tranquila y también aparece ahí. Llega un momento en que dejas de preguntarte qué quiere esa persona y empiezas a preguntarte cuándo demonios te va a dejar vivir en paz.
Con los años entendí algo que me habría ahorrado muchísimo desgaste: hay personas que no buscan ayuda, buscan un responsable. Si consiguen una beca, fue gracias a ellas. Si la pierden, alguien las saboteó. Si una relación termina, alguien tuvo la culpa. Si se sienten mal, alguien debería arreglarlas. Y si eres una persona empática, te cuesta poner límites y además tienes esa costumbre de intentar entender a todo el mundo, corres un riesgo enorme: terminar cargando mochilas que jamás fueron tuyas.
Durante mucho tiempo confundí la compasión con la obligación. Creía que tenía que escuchar, responder, explicar, acompañar y, de alguna manera, salvar a personas que nunca quisieron hacerse cargo de sí mismas. Hasta que un día entendí algo que, para alguien que lleva media vida jugando D&D, debí aprender muchos niveles antes: no puedes lanzar Curar heridas críticas sobre alguien que insiste en volver a meterse dentro de la lava y que, además, pretende convencerte de que fue culpa tuya que existiera el volcán.
Hoy ya no siento miedo cuando recuerdo a ninguno de los dos. solo algo de rabia....Lo que siento es un hartazgo enorme. Ese cansancio que dejan las personas que convierten tu existencia en la explicación de todos sus problemas para no tener que enfrentarse a los propios.
Y si alguien que está leyendo esto necesita leer una sola frase de toda esta entrada, ojalá sea esta: un "no" no necesita argumentos. No necesita negociaciones, no necesita convertirse en amistad por lástima y, desde luego, no te obliga a cargar con las amenazas, los fracasos o las decisiones de otra persona.
Porque el amor no persigue.
La amistad no manipula.
Y la empatía jamás debería convertirse en una cadena.

No hay comentarios:
Publicar un comentario