
Hace unos días, mientras organizaba unas cosas en el trabajo, me encontré pensando en algo bastante curioso.
Los juegos de rol nos hicieron creer durante años que uno se sienta frente a una hoja de personaje, reparte unos cuantos puntos y decide qué quiere ser.
Arquero.
Mago.
Pícaro.
Sanador.
Todo parece bastante sencillo.

Pero la vida es una directora de juego bastante caótica y rara vez nos deja escoger.
De niña estaba convencida de que sería una exploradora. Una elfa del bosque de esas que recorren caminos antiguos, hablan con los árboles y encuentran ruinas olvidadas. Y siendo sincera, una parte de mí todavía quiere eso.
Sin embargo, la primera clase que la vida decidió darme no fue arquera.
Fue healer.

Estudié enfermería y terminé trabajando en una unidad neonatal. Aprendí a cuidar, a escuchar y a mantener la calma cuando las cosas se ponían difíciles. Aprendí que algunas heridas se ven y otras no, y que a veces una palabra puede aliviar tanto como un medicamento.
Creo que una parte de mí siempre se quedó allí.

Años después apareció el archivo. Una clase completamente distinta, o al menos eso pensaba al principio. Empecé a subir niveles entre documentos, carpetas y cajas. Aprendí a encontrar cosas que parecían perdidas, a ordenar el caos y a desarrollar esa extraña habilidad de saber dónde está algo incluso cuando nadie más tiene idea.
Y fue mucho tiempo después cuando entendí que quizá ambas clases no estaban tan lejos una de la otra.
Primero aprendí a cuidar personas.
Después aprendí a cuidar historias.
Porque los documentos también guardan vidas. Guardan recuerdos, decisiones, nombres, momentos importantes y pequeños fragmentos de quienes somos. Y supongo que, de alguna manera, sigo haciendo lo mismo que hacía antes: intentar que aquello importante no se pierda.
Luego llegaron los juegos de rol, el hapkido, los blogs, las conversaciones largas, los amigos que necesitan consejo, los compañeros que preguntan dónde está algo y las personas que simplemente necesitan que alguien las escuche un rato.

Y un día me di cuenta de que mi hoja de personaje parece haber sido creada por alguien que mezcló demasiados manuales. Sigo siendo healer, pero también soy archivista. Hay bastante de elfa urbana, un poco de druida de apartamento, algo de soporte emocional involuntario y una cantidad preocupante de conocimientos aparentemente inútiles que, por alguna razón, siempre terminan siendo útiles.
Y sospecho que a muchos nos pasa algo parecido. Conozco bardos que mantienen unido al grupo haciendo reír a todos, tanques emocionales que cargan con los problemas de medio mundo, magos capaces de hablar durante horas de su tema favorito aunque luego no recuerden dónde dejaron las llaves, y druidas urbanos que tienen demasiadas plantas y sueñan secretamente con abandonar la civilización para vivir en una cabaña en medio del bosque.
Quizá crecer no consiste en elegir una clase. Quizá consiste en descubrir todas las que hemos ido subiendo de nivel sin darnos cuenta.
Si hoy abriera mi hoja de personaje, probablemente diría algo así:
Clase principal: Healer.
Clase secundaria: Archivista.
Subclases: Elfa perdida, druida urbana y soporte emocional involuntario.
Habilidad especial: encontrar exactamente lo que alguien necesita, ya sea un documento, una palabra de ánimo o una curita.
Debilidad crítica: el calor, el exceso de ruido y la frase "eso se hace en cinco minutos".

Porque sospecho que muchos somos multiclase. Y quizá una de las cosas más bonitas de crecer sea descubrir que somos mucho más que la primera clase que imaginamos cuando éramos niños.
No hay comentarios:
Publicar un comentario