
Creo que pertenezco a una generación muy específica de usuarios de internet: la generación del “no sé hacerlo, pero dame cinco minutos que miro un tutorial”. Y lo peor es que muchas veces funciona.
Internet llegó a mi vida cuando todavía tenía esa maravillosa combinación adolescente de curiosidad, tiempo libre y absoluta falta de conciencia sobre lo fácil que era dañar algo metiéndole mano sin saber exactamente qué estabas haciendo. Así que Melissa, con unos 14 o 15 años, decidió que tener un blog no era suficiente. Obviamente también tenía que modificarlo, porque aparentemente dejar las cosas funcionando como estaban nunca fue una opción.

Fue así como terminé aprendiendo HTML y metiéndome un poquito con Java para poder cambiar las plantillas de Blogger, agregar cosas, mover otras, poner botones, imágenes, menús y hacer quién sabe cuántos experimentos que probablemente hoy serían considerados crímenes contra el diseño web. No aprendí programación de una manera formal, sino de esa forma tan propia del internet de aquellos años: encontraba algo que quería hacer, buscaba cómo hacerlo, copiaba código, lo modificaba, dañaba algo, intentaba descubrir qué había dañado y eventualmente conseguía que funcionara. Era básicamente ensayo y error con consecuencias digitales.
Por esa misma época también aprendí a utilizar Photoshop. Y aquí debo confesar algo que seguramente permitirá calcular mi edad mediante carbono 14: todavía uso Photoshop CS5. Sí, CS5. Déjenlo tranquilo, todavía funciona y yo todavía sé dónde están las cosas. Tenemos una relación estable desde hace años y a estas alturas obligarme a cambiar sería como separar a un matrimonio de ancianos porque alguien decidió que los muebles de su casa ya no están de moda.
Lo curioso es que gracias a esos tutoriales aprendí muchísimo más que simplemente recortar imágenes o ponerles letras bonitas. Empecé a entender cómo funcionaban las capas, las transparencias, las luces, las sombras y, especialmente, el color. Aprendí sobre escalas de colores, combinaciones y cómo utilizar diferentes tonos para construir sombras e iluminación. Muchas de esas cosas después terminaron mezclándose con mi gusto por dibujar, editar imágenes, diseñar cosas para el blog y todos esos pequeños proyectos creativos en los que inevitablemente termino metida. Porque una empieza queriendo cambiarle el color a una imagen y termina tres horas después intentando descubrir cómo conseguir exactamente ese tono de sombra que tiene en la cabeza.

Pero internet tampoco fue solamente mi profesor de cosas bonitas. Cuando estudié enfermería y después durante mi vida laboral, se convirtió en una extensión bastante importante de mi formación. He hecho una cantidad indecente de cursos virtuales del SENA relacionados con enfermería y otros temas, y creo que esa es una de las cosas que más valoro de internet: si realmente quieres seguir aprendiendo, existe una cantidad absurda de conocimiento disponible. A veces empiezas buscando la respuesta a una pregunta pequeña y tres horas después estás leyendo sobre algo que ni siquiera sabías que existía. No era lo que estabas buscando, probablemente tampoco lo necesitabas, pero ahora lo sabes y quién te quita lo aprendido.
Aunque, por supuesto, no todo ese conocimiento terminó teniendo aplicaciones particularmente serias. También aprendí habilidades bastante más cuestionables en términos de utilidad cotidiana, pero absolutamente indispensables cuando una empieza a meterse en cosplay. Porque comprar una espada es fácil, pero mirarla en una foto y pensar “eso lo puedo hacer yo con cartón y foamy” es otra enfermedad completamente diferente.
Así aprendí a fabricar escudos, hachas, armas y toda clase de cosas que hoy llamaríamos props para cosplay, aunque en aquella época para mí eran básicamente construcciones hechas con cartón, foamy, pegamento, pintura, sangre, sudor, lágrimas y una confianza completamente injustificada en mis propias capacidades. La filosofía siempre era la misma: primero decidir que quería algo, después descubrir que comprarlo era demasiado caro y finalmente escribir en el buscador alguna variante de “cómo hacer esto en casa”. Y funcionaba sorprendentemente seguido, aunque en el proceso mi habitación terminara pareciendo el taller de un herrero medieval que había sufrido un accidente industrial.
Internet también me convirtió en técnico de sistemas sin título oficial, como probablemente ocurrió con buena parte de mi generación. Aprendí a descargar, instalar, configurar y hacer funcionar una cantidad absurda de videojuegos. Y cuando digo “instalar” no me refiero siempre al maravilloso sistema moderno de darle clic a un botón y esperar. No, no. Hubo una época oscura, una época de archivos divididos en quince partes, instaladores sospechosos, parches, traducciones hechas por fans, cracks, carpetas que había que copiar exactamente en determinado lugar y tutoriales escritos por un desconocido en un foro que terminaban con alguna variante de “si no funciona, desactiva el antivirus”.
Sobrevivimos. Nuestros computadores, no siempre.
Y creo que precisamente eso es lo que más me dejó internet: no una habilidad concreta, sino la sensación de que puedo aprender a hacer algo si encuentro la información necesaria y tengo suficiente paciencia para intentarlo. Porque, si me pongo a pensarlo, buena parte de las cosas que sé hacer hoy comenzaron con una pregunta, una búsqueda y la absoluta confianza de que algún desconocido en algún rincón de internet ya había tenido el mismo problema y, con un poquito de suerte, había explicado cómo resolverlo.
No sé programar profesionalmente, pero aprendí suficiente HTML para modificar mis propios espacios. No soy diseñadora gráfica, pero llevo años utilizando Photoshop y muchas de las cosas que aprendí jugando con él todavía me sirven. No soy fabricante de utilería, pero si necesito un hacha de fantasía probablemente voy a mirar una caja de cartón durante demasiado tiempo y empezar a calcular posibilidades.
Incluso profesionalmente sigo haciendo lo mismo. Si aparece una herramienta que no conozco, una función de Excel que necesito, un procedimiento que debo entender o alguna cosa extraña que jamás he hecho antes, mi primer pensamiento rara vez es “no sé hacerlo”. Es más bien un “espere, yo busco”, seguido de abrir unas cuantas pestañas, revisar tutoriales y empezar a experimentar hasta encontrar la manera.
Quizás esa sea una de las mejores cosas que me enseñó haber crecido con internet. No necesariamente saber hacerlo todo, sino perderle el miedo a no saber. Entender que no conocer algo no significa que sea imposible aprenderlo y que, aunque a veces termine complicándome la existencia por pura curiosidad, pocas cosas me resultan tan satisfactorias como descubrir que algo que parecía dificilísimo en realidad podía hacerse con un poquito de paciencia, varios intentos y uno que otro tutorial.
Porque no sé hacerlo. Todavía.
Deme cinco minutos, miro un tutorial.

No hay comentarios:
Publicar un comentario